Debate hispanista sobre la caída de Maduro y EE.UU.
¿Debe celebrar el hispanismo la caída de Maduro o leerse como una nueva violación de la soberanía hispana? En el debate, unos ven el fin de un régimen que, según sostienen, amaña elecciones y arruinó al país; otros, la enésima intervención estadounidense en la región. La discusión no se cierra en la figura del depuesto, sino en qué significa que el continente vuelva a moverse al dictado de Washington.
Qué ha pasado en Venezuela y quién lo controla
El punto de partida de la discusión es que la operación no elimina al oficialismo, sino que lo reordena. La tesis más repetida es que al poder estadounidense le importa poco la liberación del país: se habría quitado de en medio a un dirigente descontrolado para que continúe una camarilla afín. El alto grado del oficialismo seguiría en pie, con nombres propios como Diosdado, Vladimir y Jorge Rodríguez, y el resto de ministros.
La hipótesis que circula es que los nuevos gestores tendrían la orden de cortar amarras con Cuba y acabar con la influencia rusa, china e iraní en el país. Incluso se especula con que el propio Maduro haya pactado una detención rocambolesca para evitar ser asesinado. Es decir: cambia el mobiliario, no el dueño del edificio.
El argumento hispanista contra la intervención
El eje del rechazo es jurídico y geopolítico. Se cita el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, que obliga a los miembros a abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Estados Unidos, miembro fundador, ratificó esa Carta en 1945. El argumento es simple: cualquier agresión contra un país hispano es criminal y debe rechazarse.
A eso se añade la lectura de fondo: Estados Unidos seguiría siendo el señor feudal del continente, y su intervención deja al descubierto que no existe una comunidad hispana capaz de resolver sus propios problemas. La queja no es solo contra Washington, sino contra la incapacidad de organizarse sin depender del orden y la fuerza estadounidenses.
El problema de las derechas hispanas y el papel de Vox
El análisis más incómodo apunta a las derechas hispanas. Se sostiene que su baja calidad es lo que trae izquierdismos desastrosos, y que ese lacayunismo proestadounidense es consustancial a su forma de operar. El diagnóstico se concreta: los demócratas estadounidenses actuarían con el PSOE y los republicanos con Vox, de modo que el injerto se habría hecho perfecto. Por redes circularían memes de supuestos patriotas señalando La Moncloa a Washington para que venga a salvarnos, igual que otros piden a Putin que invada el país.
La consecuencia práctica que se extrae es que, mientras no exista una coalición hispana no lacayuna, es absurdo meterse en ratoneras como Venezuela. Y que la prioridad táctica pasa por aniquilar al PSOE, que habría quedado al descubierto en su cinismo y corrupción, antes que ensañarse con Vox.
Doscientos años de la misma película
La capa histórica recorre todo el análisis. Se recuerda que la masonería española malvendió Cuba y regaló Puerto Rico en una guerra pactada, tras la pérdida del territorio americano continental en una década desastrosa, y que desde entonces no ha habido voluntad de encabezar el mundo hispanohablante. Solo Franco habría realizado algunos intentos, muertos con él.
La objeción a esa lectura es que los venezolanos ya eligieron hace doscientos años, para bien y para mal, y que sus descendientes han interiorizado una autodefinición nacional basada en el rechazo a España. De ahí la conclusión escéptica: no nos deben nada, pero nosotros les debemos menos aún. Una comunidad hispana tendría que construirse sobre intereses compartidos y un mínimo de respeto a las esencias nacionales que no se percibe en el oficialismo de casi ningún país.
El desgaste de Estados Unidos y el cierre en falso
La contralectura sostiene que Washington mantiene simultáneamente la guerra en Ucrania, Gaza e Irán sin perder poder adquisitivo, militar ni cultural, y que quienes se debilitan son sus socios: Israel y Europa. La respuesta es que su prestigio ha caído en picado, precisamente por mostrarse verdugo e incapaz de ganar en Irán, y que el siguiente paso serán los desafíos de los otros gallos.
El resultado es una paradoja que nadie cierra: la operación refuerza a medio plazo la idea de que hace falta una comunidad hispana, pero a corto plazo confirma que quien manda en el continente sigue decidiendo desde fuera. Celebrar la caída y lamentar la intervención caben en la misma frase. Y así seguimos, doscientos años después, discutiendo si el problema es el inquilino o el casero.