Javier Nart, despedido por negar la violencia machista
¿Es posible cuestionar las cifras de la violencia de género sin que te echen de una tertulia? El caso de Javier Nart, expulsado de un programa de televisión tras un cruce de acusaciones con una contertulia, ha reabierto el debate sobre los límites de la libertad de expresión en los medios españoles. Nart, conocido por su pasado en la izquierda y su evolución hacia posturas críticas con el feminismo imperante, habría afirmado que «no se puede negar la violencia machista» - una frase que su interlocutora interpretó como una negación de la realidad de la violencia de género. La cadena optó por prescindir de sus servicios, una decisión que muchos tachan de censura.
El doble rasero que denuncian los críticos
La discusión en redes y foros ha girado en torno a un supuesto doble rasero: si Nart hubiera criticado a un colectivo minoritario o racializado, probablemente no habría sido despedido. Se argumenta que, en el actual clima mediático, solo es seguro disentir cuando el blanco es el «enemigo correcto» - en este caso, las posiciones feministas más ortodoxas. La referencia a «raza marrón» subraya la percepción de que hay temas intocables y otros no, dependiendo del grupo al que se critique.
Las cifras que algunos quieren silenciar
Entre los datos que salieron a relucir en el debate, destaca la comparación de suicidios: 3.000 masculinos frente a 1.000 femeninos al año, una estadística que, según algunos, evidencia una atención mediática desigual. La inversión en prevención de suicidios masculinos es, denuncian, muy inferior a la dedicada a la violencia de género, lo que refuerza la sensación de que ciertas muertes importan más que otras.
Ironía del destino
Javier Nart, que militó en el Partido Socialista Popular y luego en el PSOE, ha vivido en sus carnes el «monstruo que ayudó a crear», como apuntan algunos comentaristas. La paradoja de un veterano político de izquierdas señalado por la nueva ortodoxia progresista no pasa desapercibida. Al final, el precio de disentir sigue siendo alto, sobre todo si el disenso no va contra el grupo «adecuado».