El detector de metales del Aldi: 50 euros, cuatro años y una multa por expolio
¿Merece la pena un detector de metales de 50 euros? La pregunta recorre cada verano el pasillo de bazar del supermercado desde 2017, cuando el Maginon MD-1120 apareció en folleto y alguien decidió comprobarlo con una mezcla de curiosidad y lonchafinismo. Cuatro años después, en junio de 2021, el mismo aparato volvía a las estanterías y la respuesta seguía sin ser unánime: hay quien saca un anillo de oro y hay quien solo saca clavos de herradura. La horquilla de precios que se maneja en el sector va de los 30 euros de un clon en plataformas asiáticas a los 150 de un Bounty Hunter Tracker IV, y el salto de calidad no siempre es proporcional.
Qué se encuentra de verdad con un detector de 50 euros
El primer hallazgo documentado tras la compra fue una varilla de hierro de 15 centímetros doblada en U, una lata de refresco en descomposición y una piedra cilíndrica verdosa que el comprador atribuyó a escombro mineralizado. Ocho hoyos, cuatro falsos positivos hasta dar con el ajuste de sensibilidad y discriminación. El aparato lleva tres ruedas —sensibilidad del plato, volumen y discriminación— y acabados de plástico barato, con una varilla que extendida mide 112 centímetros.
El balance de otro usuario tras varias salidas es más elocuente: 73,20 euros en playas, un anillo de oro tasado en 150 euros en el compro oro, una moneda de 10 céntimos del Gobierno Provisional de 1870, siete herraduras de burro, dos vainas de Mauser Kar 98, un botón de camisa y, en palabras propias, «un par de toneladas de basura». El discriminador funciona, insiste, pero hay que probarlo al aire en casa hasta entenderlo. La sensibilidad al medio o un punto por encima, sin interferencias bajo cables de alta tensión.
La basura es el 90% del botín, y eso no es culpa del aparato
Aquí conviene bajar expectativas. En zonas ganaderas con siglos de historia, un detector sin discriminación puede pitar diez objetos por metro cuadrado: clavos de sección cuadrada de calzar herraduras, alambre fragmentado, latas de conserva antiguas de las de varilla, chapas. La proporción de basura es altísima en cualquier rango de precio, y discriminar entre tanta chatarra es difícil. A veces aparece algo bueno bajo un sonido malo, así que toca cavar.
La mineralización del terreno es el otro enemigo. En suelos muy mineralizados o en playa, los iones de la sal generan falsos positivos si no se compensa el ajuste de tierra. Es en los terrenos malos donde se nota la calidad del aparato, y un modelo de 50 euros se queda corto antes que uno de gama media. El propio comprador del Aldi ya ahorraba para un Garrett tras reconocer que el cacharro se quedaba corto.
El problema no es el detector, es la ley
Aquí llega el giro que nadie espera al comprar un juguete de bazar. Un conocido de un participante se acercó a las inmediaciones de una ermita del siglo XII y se llevó una multa por expolio del patrimonio cultural. La Ley de Patrimonio Arqueológico obliga a comunicar cualquier objeto susceptible de tener más de 200 años, y venderlo puede suponer la diferencia entre una falta administrativa y un delito con juicio. El contraste con Reino Unido es inevitable: allí el treasure hunting es popular y los hallazgos romanos y celtas salen en prensa casi cada mes, mientras en España buena parte de los descubrimientos accidentales nunca ven la luz.
La fiebre del oro y el bateo como plan de vida
El asunto derivó hacia el bateo de oro. Un economista que trabajaba en una gestoría dejó el trabajo, a la mujer y a la hija para irse al norte a buscar oro. La opinión del entorno es que se le fue la cabeza. Quien lo ha probado muestra en 30 minutos de canaleta y bateo un resultado que, en palabras propias, convierte la actividad en un deporte gratificante en plena naturaleza. Las zonas auríferas españolas conocidas fueron explotadas desde los romanos, y Asturias concentra las explotaciones más serias, con proyectos que han generado protestas vecinales.
¿Y el detector del Aldi? Vuelve cada cierto tiempo al folleto, sigue habiendo cuatro o cinco unidades en el cajón, y nadie ha confirmado mejoras sustanciales respecto al modelo original. Para cacharrear un rato, vale. Para hacerse rico, no.