Los que no tendrán hijos: alivio, pena y nóminas embargadas
Hay un hombre de 43 años que se hizo la vasectomía hace siete. Lleva una década sin pareja estable y lo cuenta sin dramatismo: nunca sintió la llamada de la paternidad. En la misma conversación, otro admite justo lo contrario. Quería tener hijos, ya no los tendrá y lo lleva como puede. La pregunta de partida —si quienes por edad ya no van a tener descendientes sienten pena por no haberlos tenido— no tiene una respuesta: tiene dos, y ninguna parece dispuesta a ceder.
¿Se arrepienten de no haber tenido hijos?
«En general, sí. Me habría gustado ser padre», resume uno de los que responden al planteamiento. Hay más en esa línea. Otro confiesa que vivió años dejando el asunto de lado y que, pasados los cuarenta, no encontró pareja con las mismas inquietudes:
todos los días nota ese hueco. Una mujer que no pudo tenerlos lo despacha con una frase que mezcla fe y resignación:
Dios es más sabio. Nadie se compadece, pero tampoco finge indiferencia.
Enfrente está la otra mitad. Una de las mejores cosas que alguien dice haber hecho en su vida es precisamente no tener hijos, y lo reivindica sin ambigüedad: fue una decisión, no una renuncia. A su lado, varios describen el alivio de ver a sus conocidos con críos y sentir lástima, no envidia. El dinero ahorrado aparece en casi todos los mensajes de este bando como argumento central: quien no cría se ahorra, dicen, un pastón cada día, semana, mes y año.
El coste de criar y el divorcio que embarga la nómina
El dato más duro no sale de un estudio, sale de una nómina. En un grupo de empresas de unos
350 empleados, al menos
20 o 25 tenían el sueldo embargado por divorcio con hijos. Lo cuenta quien tramitó esas nóminas. El sector, añade, está muy masculinizado. Su resumen no es sutil: ser padre puede ser una gran experiencia, pero hoy se ha convertido en deporte de riesgo.
La cifra explica por qué buena parte de la conversación gira alrededor del dinero y no de la biología. Se argumenta que la crianza exige tiempo, espacio y tranquilidad, y que el precio de equivocarse al elegir pareja es altísimo. Varios sostienen que, con los tribunales y las pensiones de por medio, mucho peor que no tener hijos es ser padre divorciado.
Ni los padres se libran de la residencia
El siguiente golpe va contra el consuelo clásico: tener hijos para no quedarse solo. Un participante recuerda a su abuela, la única de la familia que acabó en una residencia, entre
2003 y 2009. Era también la única con
tres o cuatro visitas semanales. El resto de internos recibía una visita en el mejor de los casos, y la mitad no veía a nadie.
De ahí a la conclusión hay un paso corto. Si el respeto a los mayores y los lazos familiares se han debilitado, tener descendientes no garantiza compañía en la vejez ni evita acabar institucionalizado. La carrera profesional, el ocio y las cuentas apretadas hacen el resto.
Lo que dicen los que sí los tuvieron
No todo el que cría lo cuenta en clave de sacrificio. Un padre de tres —dos niñas y un niño,
once años de crianza— lo describe como una de las mayores aventuras de su vida y asegura que compensa muchísimo, aunque haya días en que uno quiera desaparecer. Otro, con un hijo de
16 años, admite que no quería niños y que ahora envidia a quien tiene pequeños en casa.
Un tercero pone el calendario sobre la mesa: los cinco primeros años son una odisea, porque los críos son salvajes y anárquicos; a partir de los seis, cuando ya se puede razonar, la cosa cambia. Y luego está la escena que nadie rebate. Un turno de sábado noche infernal, un padre que llega a casa a las diez de la mañana con la ropa de la noche encima, las llaves aún en la cerradura, y un grito de la criatura desde el salón. Ese argumento no se puede discutir. Tampoco imitar.
Cuando el hijo sale mal
Hay un caso que se repite como contraejemplo. Un hombre empujó a un amigo durante años a tener hijos. El chaval fue
número uno de su instituto, empezó dos carreras y las dejó. A los
23 años no trabaja, ningún empleo le dura más de un mes y vive del padre, que arrastra problemas económicos serios.
Con ese material, la discusión se enreda. Se debate si el deber de los padres consiste en dar sin esperar nada y si la correspondencia está garantizada. La respuesta que más se repite en ese tramo —no hay malos hijos, hay malos padres— no convence a todos, y la bofetada de decepción se menciona sin adornos.
El relevo demográfico que unos celebran y otros temen
Una parte del análisis desplaza el foco del individuo al país. Se sostiene que la sociedad futura será la de los hijos de quienes decidieron tenerlos, por puro darwinismo social, y que ese relevo llegará en buena medida del exterior. Otros responden que el problema no es reproducirse, sino la coyuntura concreta: precariedad, vivienda y jornadas que dejan poco margen para criar.
Aquí el tono se calienta sin necesidad. La tasa de reemplazo no se arregla con soflamas morales, y las que se lanzan en ambos sentidos ignoran lo mismo: que el número de hijos depende menos de la voluntad que del suelo que se pisa.
Queda un detalle que incomoda a las dos trincheras. La paternidad masculina no tiene fecha de caducidad clara, y hay quien afirma, medio en broma, que un hombre a los
99 años todavía puede engendrar. Si la biología no cierra la puerta, entonces la decisión de no tener hijos nunca fue del todo biológica. Fue económica, sentimental o de pura convicción.