Alcantarillas como vivienda: el titular que no se sostiene
Basta que La Sexta anuncie que ya hay gente viviendo en las alcantarillas para que la polémica sobre exclusión social se dispare. La imagen es demoledora, pero antes de aceptarla conviene mirar el plano de cualquier ciudad moderna.
Quien ha trabajado en saneamiento lo descarta. Los colectores actuales no son pasadizos habitables: miden unos 2,5 metros de ancho, llevan una acequia de agua en el centro y son visitados únicamente por operarios. No hay hueco para un colchón, y cualquier lluvia convierte el túnel en una trampa.
¿Pobreza energética o el último escalón de la exclusión?
Alguna reacción la enmarcó como pobreza energética. No es exactamente eso. La incapacidad de pagar la factura de la luz tiene poco que ver con dormir bajo una rejilla; aquí el problema es la ausencia total de vivienda. La casa no es que sea ineficiente, es que no existe.
La ironía como refugio
Como suele ocurrir, el escepticismo se tiñó de humor negro. No faltó quien recordó que si hay tantos pisos vacíos, un conocido presentador de televisión podría acoger a los afectados en sus múltiples viviendas. La pulla delata la pregunta de fondo: ¿por qué el relato de los que duermen bajo el asfalto no va acompañado de soluciones habitacionales?
El dato que descoloca: los colectores de las urbanizaciones modernas están diseñados para el agua, no para personas. Si alguien entra ahí, no es porque quiera; es porque el sistema le ha dejado sin todas las demás opciones. La pregunta no es si el titular es literal, sino por qué una sociedad necesita imaginar un infierno subterráneo para reconocer la crisis.