Dire Straits: el odio más musical de la radiofórmula
¿Se puede odiar una banda que ha vendido decenas de millones de discos y que cuenta con temas como Sultans of Swing? La respuesta es sí, y en España parece un deporte nacional. La razón no es la música, sino lo que las emisoras hicieron con ella durante décadas.
La pregunta vuelve a estar encima de la mesa: ¿por qué Dire Straits irrita tanto? Hay quien los califica de insulsos y machacones, y quien recuerda que Knopfler es un guitarrista elegante. La realidad, como casi siempre, está en el punto medio. Pero la trifulca revela algo más profundo: la guerra de gustos musicales es también una guerra de clase, de edad y de autenticidad.
El síndrome de la sobreexposición radiofónica
La clave no está en la discografía, sino en la programación. M80, Kiss FM y otras emisoras llevan décadas regurgitando los mismos éxitos hasta la náusea. Lo más grave: mutilan las canciones largas, cortando fragmentos intermedios para que quepan en la cuña publicitaria. No es solo que suenen mil veces; es que suenan troceadas.
Uno de los temas más castigados es Money for Nothing, con su letra sobre neveras y televisiones a color, que hoy suena a retrato de una clase media que ya no existe. La canción, en su versión original, era una crítica a la cultura del consumismo; en la radio se convirtió en un himno de ascensor.
La bronca hacia Dire Straits es, en buena medida, la bronca hacia la radiofórmula misma. Cuando una obra se repite hasta el hartazgo, acaba generando rechazo, aunque sea objetivamente buena. Es la misma suerte que corrieron Queen, U2 o incluso los mismísimos Beatles en algún momento.
Knopfler: ¿genio o plagiador?
La cuestión se aviva con la figura de Mark Knopfler. Sus detractores le acusan de letras repetitivas y cliché y de una guitarra aporreada. Sus defensores destacan su técnica de digitación sin púa, elegante y reconocible al instante. Hay un dato que da que pensar: Sultans of Swing, su primer gran éxito, sentó escuela y ha sido plagiado hasta la saciedad.
La polémica del supuesto plagio de Brothers in Arms contra Bird of Paradise, de Snowy White, añade leña al fuego. Las fechas: Brothers in Arms se escribió en 1982 y se publicó en 1985; la canción de White es de 1983. No hay sentencia, pero la coincidencia es notable.
Knopfler tampoco ocultó su deuda con JJ Cale, el músico de Tulsa que firmó Cocaine y After Midnight. El estilo de Cale, minimalista y relajado, está en el ADN de Dire Straits. Eric Clapton versionó a Cale y lo popularizó, pero muchos opinan que Knopfler bebió de él más que ningún otro. La conexión entre ambos es innegable.
El esnobismo como campo de batalla
Detrás de la guerra musical se esconde algo menos noble: el esnobismo. Hay quien desprecia a Dire Straits por ser una banda para gente que no le gusta el rock. Otros, por el contrario, los consideran demasiado cowboy jazz para el rock auténtico. En medio queda el placer de escuchar So far away o Telegraph road en silencio, sin que nadie te diga lo que tienes que sentir.
La anécdota del que confundía la voz de la canción con la de Annie Lennox sirve como recordatorio de que la música es también un juego de percepciones. Lo que para uno es una voz nasal e insufrible, para otro es el sonido de una época. Y en eso no hay verdad absoluta.
El dato que nadie discute: Brothers in Arms y el primer CD
Hay un hito histórico que escapa a la polémica: Brothers in Arms fue el primer álbum grabado íntegramente en formato digital DDD, pensado para el entonces novedoso CD. Eso lo convierte en una pieza de museo de la tecnología musical. Se escribió en 1982, se publicó en 1985 y marcó una era en la transición del vinilo al disco compacto.
Que una banda capaz de semejante hito te resulte insoportable es perfectamente legítimo. Pero conviene recordar, como se señaló en la conversación, que a los músicos de verdad les importa poco lo que opines de sus colegas. El talibanismo musical es cosa de aficionados; los profesionales saben que hay más de un camino para llegar al mismo acorde.
Así que, si odias Dire Straits, no estás solo. Y si los adoras, tampoco. Lo peor que puedes hacer es gritarlo en internet, porque habrá algún listo dispuesto a decirte que lo tuyo no es música, sino puro esnobismo. La música, al final, siempre gana.