Bob Iger promete «callar el ruido» de la guerra cultural
¿Cuánto cuesta una guerra cultural? Para Disney, al menos, no sale gratis. Su consejero delegado,
Bob Iger, dijo a los inversores que la firma «callará el ruido» de un enfrentamiento que ha colocado a los conservadores sociales contra el conglomerado de medios y entretenimiento, según una nota de la analista de Needham, Laura Martin. El anuncio llegó en una presentación en Walt Disney World Resort, en Orlando (Florida), donde Iger prometió además
duplicar la inversión en parques temáticos y cruceros durante la próxima década. La letra pequeña es conocida: hacer rentable el streaming, mejorar sus películas y recolocar ESPN mientras las cuentas no terminan de cuadrar.
Qué significa «callar el ruido» de la guerra cultural
La frase, recogida en un informe de analistas, es corta y deliberadamente ambigua: Disney callará el ruido. Traducido al castellano de empresa,
bajamos el perfil ideológico y volvemos a vender entradas. No es una rectificación de fondo ni un cambio de catálogo, sino un ajuste de comunicación después de varios ejercicios metida de lleno en el debate público. La empresa se vio envuelta en las guerras culturales estadounidenses en
2022, cuando criticó públicamente la legislación de Florida que restringía el debate en las aulas sobre orientación sexual e identidad de género. El gobernador Ron DeSantis respondió haciendo campaña contra el «Disney woke» y trabajando con la legislatura estatal para despojarla de la autoridad de autogobierno sobre sus parques. Un choque de coste difícil de medir, pero perfectamente visible en el balance.
¿Cuánto ha caído la acción de Disney?
El dato conviene tomarlo con cautela, porque procede de un cálculo que circula en el debate y no de la propia compañía. Según esa estimación, la acción de Disney llegó a cotizar cerca de
190 dólares en febrero de 2021 y ha caído hasta los
81 dólares, con un descenso acumulado del
30,52% en cinco años, un 16,87% en un año, un 15,03% en medio año y un 2,53% en el último mes. Ni siquiera los buenos resultados trimestrales han servido para revertir la tendencia, porque Disney superó las expectativas de beneficios de Wall Street pero se quedó corta en ingresos. Con esos números sobre la mesa, la pregunta que sobrevuela cualquier presentación de inversores no es ideológica, sino contable: cuánto más está dispuesta a sangrar la compañía antes de mover ficha.
El negocio que no arranca: streaming y taquilla
El problema de fondo no es la bandera ni el discurso. Es que el negocio de streaming sigue perdiendo dinero y la maquinaria de taquilla ha entrado en una racha incómoda. Entre los ejemplos que se citan está
Indiana Jones and the Dial of Destiny, señalada como la película más costosa de la historia del cine y, a la vez, una decepción de taquilla. A eso se suma la dificultad para hacer rentable el contenido en plataformas y la tarea pendiente de recolocar ESPN para emitir directamente al consumidor, amén de la posibilidad, admitida, de deshacerse de sus cadenas de televisión. Cuando el motor principal no rinde, la foto de balance se vuelve incómoda.
¿Error comercial o estrategia deliberada?
Aquí es donde las lecturas se separan. Una corriente sostiene que el giro ideológico fue un error de cálculo: se metieron contenidos que solo pedía una minoría y, por el camino, se perdieron millones de espectadores. Otros matizan que el público de esos contenidos existe y crece, y que el fallo no fue atenderle, sino mezclarlo todo en el producto general. Y una tercera línea, más conspirativa, va mucho más allá: afirma que a los grandes fondos de inversión que controlan las acciones les da igual perder dinero si con ello trasladan el debate social a los ejes de identidad —hombres y mujeres, blancos y racializados, heterosexuales y homosexuales— en lugar de a la división entre arriba y abajo. El motivo real, según esta tesis, no es ganar dinero, sino construir lo que Gramsci llamó «hegemonía cultural» usando una empresa sólida y con décadas de marca. Es una interpretación sin prueba documental que la respalde, pero circula con fuerza.
Por qué hay quien descarta cualquier rectificación
La convicción mayoritaria es que nada va a cambiar de verdad. Se argumenta que mientras la plantilla que impulsó esa línea siga dentro, la dirección solo hará control de daños y volverá a lo mismo pasados unos meses. La única vía de cambio real que se plantea pasaría por un relevo radical de personal y por retirar los departamentos internos que empujan esa agenda, algo que ninguna compañía grande acomete de buenas a primeras. Otros van más lejos y afirman que el público joven ya no aguanta productos largos y que, si no se reinventa la forma de vender, el modelo entero cruje. Y hay quien, directamente, no quiere que rectifiquen, sino que desaparezcan.
El otro frente: Florida y el precio de la marca en el parque
El pulso con Florida sigue siendo la herida abierta. Quienes visitan los parques de Disney en Europa relatan la factura del visitante: según el testimonio de un usuario,
165 euros por comer tres adultos y dos niños en el complejo parisino,
48 euros por dos pares de orejas de Mickey y colas de hora y media para atracciones de dos minutos. La marca sigue siendo objeto de devoción y de queja a partes iguales. Mientras tanto, la compañía apuesta por el ladrillo físico —parques y cruceros— como refugio frente a un audiovisual que no despega. Es la vieja táctica de reforzar lo que sí da dinero cuando lo nuevo no lo da.
Iger dice que callará el ruido. Lo que no dice es que el ruido lo generó, en parte, su propia empresa.