Muere un votante de izquierdas y el odio político se viste de demografía
Podría haber pasado por una esquela más en la sección de obituarios. Pero el hombre de 76 años que se despidió con humor —“ahora soy un despojo”— ha logrado algo difícil: unir a sus adversarios ideológicos en un coro de celebración y, de paso, convertir su muerte en un alegato demográfico. Las reacciones a su fallecimiento muestran hasta qué punto la política española sigue anclada en la Guerra Civil, pero también cómo la demografía se ha convertido en un campo de batalla.
Una esquela que no dejó indiferente a nadie
El texto de la esquela, escrito por el propio fallecido, jugaba con la ambigüedad de la palabra “despojo”. Lo que probablemente era una boutade sobre los restos mortales fue interpretado por muchos como una provocación. La respuesta no se hizo esperar: alusiones a la Guerra Civil, referencias a personajes históricos y hasta deseos de condenación eterna. La violencia simbólica de los comentarios ha sido directamente proporcional a la intensidad del rechazo que despierta la ideología del difunto.
La tesis de la natalidad diferencial
El giro más llamativo, y el único con trasfondo económico, llegó con el argumento demográfico. Reduce el debate a una ecuación simple: los hogares conservadores tienen más hijos que los progresistas, de modo que cada generación transmite sus valores con ventaja numérica. Se citan estudios —sobre todo estadounidenses— que vincularían la fecundidad con la orientación ideológica y religiosa. En la caricatura, el votante de izquierdas acaba criando mascotas antes que hijos, mientras que la derecha asegura su relevo en las urnas. La conclusión es directa: cada jubilado progresista que fallece deja de votar, y su vacío no siempre se cubre.
Pensiones, censo y el fin de una era
La otra lectura económica tiene que ver con la sostenibilidad del Estado del bienestar. No ha faltado quien lo ha resumido sin eufemismos: una paguita menos. Cada fallecimiento reduce el gasto en pensiones y modifica el censo electoral. En un país envejecido, la agregación de estas pequeñas batallas individuales acaba por esculpir el resultado de las urnas. Pero la lógica contable choca con la realidad: la demografía no es un destino, y los cambios de voto a lo largo de la vida desbaratan cualquier determinismo.
El cansancio de las etiquetas
Quedan, también, quienes se niegan a reducir a una persona a su color político. Hay un hastío creciente con clasificar a los demás por su opción ideológica, como si el valor de una vida se midiera por el sentido del voto. Esa corriente, más escéptica con los bandos heredados, recuerda que la obsesión por las etiquetas dice más de quien las usa que de quien las recibe.
Si la fecundidad diferencial fuera tan determinante, el desplazamiento electoral a la derecha sería imparable. Pero la política real, con sus cisnes negros y sus volatilidades, rara vez se pliega a la inercia biológica. O al menos, conviene repetírselo antes de enterrar a un desconocido con una sonrisa.