Por qué cuesta tanto hacer amigos españoles: la cuadrilla manda
Hay quien sostiene que los españoles no son fríos, sino gregarios. Y eso, para quien llega de fuera, es peor. Un viajero latinoamericano cuenta que tras
dos meses recorriendo España no ha hecho ni un amigo español, mientras acumulaba amistades de Colombia, México, Brasil, Nicaragua y Argentina. Quiere mudarse aquí el año que viene y no acabar siendo uno de esos migrantes que solo se relacionan con los suyos.
La escena se repite más de lo que parece. Una
estadounidense lo explicaba en un reportaje recogido por
La Vanguardia: hacer amistades locales es lo más duro de instalarse en España. Lo confirman los propios españoles, que admiten que cambiar de ciudad dentro del país y quedarse sin red social cuesta lo mismo. La barrera no es el idioma ni la frontera. Es la
cuadrilla.
La cuadrilla: el grupo de juventud que no admite socios
El diagnóstico dominante es estructural. La vida social se organiza en torno al grupo forjado en la adolescencia o la primera juventud, y ese grupo funciona como una sociedad cerrada. Introducirse en él siendo adulto es raro. Se sostiene, incluso, que el español medio se mueve con
tres o cuatro amigos de verdad como máximo; a partir de ahí, conocidos para tomar algo.
De ahí que el mapa pese tanto. El norte y buena parte del interior se describen como especialmente herméticos. Madrid aparece como la excepción más abierta, porque por la capital pasa todo el mundo. El sur se presenta más abierto de puertas hacia fuera, aunque con la advertencia de que la amistad profunda tampoco abunda. Hay quien coloca a Sevilla en el extremo de la escala.
¿Cerrazón social o saturación del que ya está?
Aquí el asunto se parte en dos relatos que no encajan del todo. Una parte de las respuestas atribuye la distancia a un cansancio social: la llegada masiva de población latinoamericana en pocos años habría tensionado los servicios públicos, y eso se traduciría en menos ganas de ampliar círculo. Otra parte lo niega y sostiene que el problema es de acomodo, no de rechazo: quien viene a trabajar y tiene carácter no debería tener dificultad.
También se cruza el factor generacional. Se argumenta que la generación que hoy ronda los 30 creció viendo oleadas migratorias y fenómenos asociados a bandas, mientras que los veinteañeros, escolarizados con compañeros de origen diverso, serían más permeables. Y aparece un matiz incómodo: según varios testimonios, los perfiles con rasgos europeos lo tienen más fácil que los mestizos.
A partir de los 30, ni entre ellos
Quizá el dato que más descoloca es este: pasada la treintena, los españoles tampoco hacen amigos nuevos entre españoles. La cuadrilla de la juventud se mantiene y se cierra. Quien se incorpora tarde al mercado laboral de otra ciudad se encuentra el mismo muro, tenga el pasaporte que tenga.
Sobre eso se superpone la vida adulta: tiempo escaso, obligaciones y una desconfianza creciente hacia el desconocido. Hay quien lo formula en términos de utilidad —el electricista, el sanitario, el que resuelve— y quien lo achaca al desgaste general de la vida social contemporánea. En cualquiera de las versiones, la conclusión es la misma: nadie regala tiempo.
Aficiones, trabajo y Camino de Santiago
Las recomendaciones prácticas convergen. Aficiones compartidas antes que barras de bar: gimnasio, deporte, música, grupos de actividades y aplicaciones de convocatorias para quedar por intereses concretos. El trabajo aparece también como espacio de contacto diario. Y aparece una propuesta muy concreta: hacer el
Camino de Santiago desde Roncesvalles, con la promesa, según quien la formula, de terminar con «un mínimo de 30 amigos nuevos, unos 15 de ellos españoles».
El listado completo de sugerencias circula con bastante más detalle del que cabe en estas líneas. Lo que sí queda claro es que el esfuerzo debe ser activo y sostenido: la amistad no llega sola, se construye sobre un terreno común repetido durante meses.
Lo que cabe esperar
Con estos mimbres, lo previsible es que una parte de los recién llegados lo consiga por la vía de la afición compartida y otra mayoría acabe orbitando entre iguales, no por rechazo sino por inercia. La cuadrilla no se abrirá porque alguien llame a la puerta. Y quien pretenda entrar sin construir antes ese terreno común seguirá sintiéndose, exactamente, como el viajero de los dos meses.