Ultras Sur reclama lealtad de bandera a tres jugadores del Madrid
Uno de los clubes con más ingresos del planeta tiene un grupo radical que exige a sus empleados más lealtad de la que la propia empresa se exige a sí misma. Ultras Sur ha difundido un comunicado en el que señala a tres jugadores de la primera plantilla del Real Madrid por cómo portaron una camiseta reivindicativa el día anterior. El texto les reprocha, en resumen, que cobren del dinero de los socios y que se permitan gestos que considera una falta de respeto a españoles afectados por una crisis migratoria.
El episodio dura menos que un partido, pero destapa una pregunta vieja: quién manda en un club que funciona como multinacional y qué se le puede exigir a quien cobra por rendir.
Qué dice el comunicado y qué se sabe del gesto
El escrito empieza reconociendo que el grupo «siempre se mantiene al margen» de los asuntos de jugadores y acaba señalando a tres futbolistas concretos. No ha habido respuesta pública del club, y esa ausencia se lee en la grada como sumisión hacia la plantilla. La consigna que circula es la pitada en el Bernabéu, anunciada ya como forma de justicia exprés.
En el trasfondo asoman Ceuta y un jugador marroquí que sí vistió la prenda y que, según lo que se comenta, ha recibido críticas en su país por haberlo hecho. La camiseta era, al parecer, voluntaria. También circula una hipótesis detallada, paso a paso, sobre cómo se decidió en el vestuario quién salía con ella y quién no, con el precedente de otro club que optó por no sacar a nadie con la prenda. El desglose completo de esa versión es lo más curioso de todo el asunto.
¿De dónde sale el dinero con el que se paga a la plantilla?
De los derechos audiovisuales, del patrocinio, de la explotación del estadio y del merchandising, mucho antes que de las cuotas de los abonados. La cuota da asiento y voto; no financia una nómina de élite. Ese desajuste explica la incomodidad: la autoridad moral del comunicado se apoya en una caja que los socios dejaron de controlar hace décadas.
Hay quien sostiene que un club de socios debería rendir cuentas ante ellos y no ante el mercado. En contra juega lo evidente: con el estadio reformado y contratos globales firmados, volver al modelo de taquilla es una quimera. Se rememora también la economía del radicalismo de los ochenta y noventa —entradas baratas, peñas subvencionadas y dinero opaco del ladrillo— como un mundo extinguido.
¿Debe un deportista nacionalizado tributar en España toda su vida?
Es una de las propuestas que aparecen en la polémica: que todo deportista que obtenga la nacionalidad tribute en España aunque fije su residencia en el extranjero, igual que Estados Unidos exige a sus ciudadanos declarar sus rentas en cualquier país. El argumento es que así se desincentivarían las nacionalizaciones de conveniencia.
El problema es el precedente. España grava la renta mundial de sus residentes fiscales, no de todos sus nacionales. Extender el criterio por pasaporte alcanzaría también a los españoles que emigran, y no solo a las estrellas del deporte. Nadie pone cifras al resultado.
Con estos mimbres, la pregunta que queda abierta no es si habrá pitada, sino cuánta identidad puede seguir vendiendo una empresa que ya no la produce y cuánta lealtad cabe exigir a quien cobra por rendir. Nadie la responde en dos líneas.