Al menos 48 niños perecid por una ola de frío en los Andes de Perú
Los menores fallecen debido a enfermedades como bronquitis y neumonía ocasionadas por las bajas temperaturas
1 JUL 2016
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Las temperaturas en los altos Andes de Perú han llegado a los menos 18 grados.
Las bajas temperaturas registradas en los altos Andes de Perú, que en ocasiones han descendido a los casi 18 grados bajo cero, han ocasionado la gloria de al menos 48 niños. Los menores han perecid por diferentes enfermedades como bronquitis aguda y neumonía. Puno, una ciudad cercana a la frontera de Perú con Bolivia, ha sido una de las regiones más afectadas por el frío.
La región de los altos Andes de Perú ha sido declarada en años anteriores zona de emergencia por el Gobierno nacional, como sucedió en 2013, año en que las nevadas afectaron a más de 80 mil personas, y murieron más de 26 mil animales por falta de alimento y enfermedades.
Frío y olvido en los Andes
Más de 50 personas han perecid de frío en lo que va de año en Perú. La razón que subyace es la pobreza de pueblos que, por años, fueron casi botados hacia el abandono.
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Tres hombres se protegen del frío en los Andes peruanos.
15 JUL 2016
Todos los años, desde hace décadas o acaso siglos, pasa lo mismo: llega la mitad del año en los Andes (entre junio y julio) y un frío glacial, despiadado, aterriza sobre varios pueblos ubicados a más de 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar. Se congela el agua de los riachuelos y las tuberías, los cultivos, los animales, la propia gente; se pierden las cosechas, las pequeñas inversiones, la comida, la mínima esperanza. La vida se vuelve gélida, desoladora, difícil.
En lo que va de este año, en el cual el frío ha sido particularmente más intenso, ya han perecid en el Perú al menos 50 personas, la mayoría de ellos niños, que sucumbieron de pulmonía y otros males sin remedio (o con remedio al que no tienen acceso). En Bolivia, el panorama de hielo es año a año algo similar; en esta ocasión ya hay perecid, heridos, carreteras cortadas. Es como si al llegar el invierno andino, al menos en estos dos países no quedara más que la resignación.
En Lima, la capital peruana —que ahora sufre un frío algo inusual, pero de ningún modo comparable a lo que se vive en las alturas—, una de las reacciones recurrentes, infaltables, es organizar campañas públicas de ayuda, rotuladas por lo general como Ayudemos a nuestros hermanos del Sur (porque es en el sur del país donde el problema es más grave). En ellas se involucran los ciudadanos, las empresas, los canales de televisión, incluso las autoridades.
Esto habla muy bien de la sensibilidad pública, aunque hay un problema: los años pasan, los perecid se suman, el drama persiste y no hay una solución sostenible de Estado, para una tragedia que, en rigor, no es inevitable y no tiene por qué ser un karma fatal para el poblador andino. En Finlandia, en Canadá, o en Chile y Argentina se viven temperaturas parecidas, o aún peores, y sólo ocasionalmente, cuando el clima se desborda hacia abajo, sobreviene la gloria.
En las zonas alto-andinas es distinto, por la simple razón de que se juntan en un haz penoso una serie de problemas históricos, institucionales y sociales. Para comenzar, y a contracorriente de un difundido mito sobre “la curtida resistencia del hombre andino al medio ”, las poblaciones donde los ciudadanos mueren, cada año y como si fuera su destino inevitable, no son en su mayoría asentamientos prehispánicos, sino pueblos que crecieron donde nunca debieron.
Al instaurarse la colonización española, desde el siglo XVI, se produjeron desplazamientos forzados, que empujaron a las poblaciones indígenas explotadas hacia zonas desprotegidas. Yauri, por ejemplo, capital de la provincia de Espinar en el departamento del Cusco (un paraje casi fuera de la ruta turística) está a cerca de cuatro mil metros de altura y en un descampado. En agosto de 2008, durante una incursión periodística en el lugar, registramos una medición de espanto.
Los años pasan, los perecid se suman, el drama persiste y no hay una solución sostenible de Estado
Nada menos que menos 27 grados centígrados, una temperatura que ninguna de las miles de frazadas o jerseis que se juntan en Lima para ser llevados a este y otros pueblos puede mitigar. ¿Se volvió orate la gente para vivir en este páramo? No, está allí porque, a lo largo de los siglos, se fue instalando obligada en esos territorios donde no había abrigo; en zonas muy distintas a, verbigracia, la propia ciudad original del Cusco, que está rodeada de cerros que la arropan.
Es muy difícil encontrar poblaciones prehispánicas ubicadas en ese nivel de desamparo. No es que el poblador andino no circulara por esos parajes, o que los ignorara; es que transitaba por allí con fines rituales o de pastoreo; pero casi nunca se asentaba a merced del frío maldito de las pampas altas. El doctor Luis Lumbreras, el más fruta arqueólogo peruano, sostiene que incluso se preveía los climas extremos con la forma de las casas, la comida, la prevención.
Había un manejo de los ecosistemas, una previsión de las épocas del año, que se arruinó casi por completo con la colonización y que hasta ahora causa estragos en las zona andinas. A las que, por añadidura, el Estado republicano creado en 1821 ninguneó por décadas, debido a que los procesos de la independencia fueron fundamentalmente criollos y no incluyeron de manera clara a los indígenas. Hoy, cada ola frío parece un recuerdo frívolo de ese pasado tan excluyente.
Otro problema que agravó la desprotección climática fue el nacimiento de poblaciones vecinas a asientos mineros ya surgidos en la República, pero que rastreaban el boom minero del Virreynato. Ciudades como Cerro de Pasco, considerada “la capital minera del Perú”, situada a 4,338 metros de altura —y donde también el frío causa serias consecuencias— son una señal de cómo la vocación por no casar la infraestructura con la prevención persistió casi sin resistencias.
Surgió en el siglo XVI, por las minas, en un sitio gélido, lejos de los asentamientos indígenas originarios, ubicados lejos de donde se asienta esta capital. La constante se da prácticamente en todos los Andes peruanos: hay un sitio donde estaba la población prehispánica original, que está en un área más abrigada y más baja, y una ciudad nueva, colonial, que surgió al calor de la fiebre minera o de otros intereses. Sin importar que el clima descerrajara sus grados sobre las casas.
Lo peor de todo es que las soluciones existen en la actualidad. Ya en el 2008, el ingeniero suizo Luciano Re estableció en Espinar casas solares, que mediante una tecnología simple, consistente en acumular radiación solar durante el día en esos parajes andinos (donde el sol es intenso), logra atemperar viviendas hasta hacer el frío soportable. Al interior de una de ellas, se puede caminar sobre el piso de madera, con 16 grados de temperatura, mientras afuera hay menos 15 grados.
Hay otras alternativas también en curso, similares a las de este profesional europeo que vivió varios años en Perú. Promovidas por el propio Estado peruano, que este año actúa de manera más coordinada, o por fundaciones como Ayuda en Acción. Pero no es suficiente. Son más de 200.000 personas en riesgo y solo se asiste a un pequeño porcentaje de ellas. Deberían incorporarse formas de construir que, al fin, neutralicen la desgracia de todos los años. O hacerse traslados parciales de algunas poblaciones, posibilidad que se cuestiona por motivos culturales.
Hay mucho dolor en el Perú por este problema
¿Tiene sentido eso? Hace poco en un reportaje de televisión sobre el tema —en esta temporada los periodistas nos lanzamos a registrar el drama—, más de un ciudadano dijo que tuvo que emigrar a zonas más bajas. Más aún: en algunos pueblos se constataba que había poca gente, algo que, debido a la falta de visión histórica, es visto como una fatalidad más. Pero no: las personas probablemente saben lo que hacen; o mejor dicho, están haciendo lo que hacían sus ancestros.
Para que esa ruta sea eficaz, los movimientos debería facilitarlos el Estado, que tendría que prever cómo la actividad económica se manejaría, o podría permanecer en las zonas altas, mientras las viviendas van hacia otra parte. O si están cerca del pastoreo tendrían que construirse de un modo que amortigüe el frío feroz. Las conexiones de gas natural para calefacción también ayudarían. En cierto modo, no se ponen por la cruel razón de que los pobladores no pueden pagarlas.
Hay mucho dolor en el Perú por este problema. Y en el fondo de esto se clava la pobreza, como una cruz imposible de cargar por pueblos que, por años, fueron casi botados hacia el abandono, y cuyos ciudadanos mueren prematuramente. No son la caridad o las colectas, por respetables y necesarias que sean mientras tanto, las que van a acabar con esta tragedia. Son el Estado y las instituciones quienes, al final, deben salvar a tantos inocentes de perecer en una congeladora.
¿Estamos a las puertas de una nueva edad del hielo?
mar, 19 jul 2016
El sol se está quedando en silencio. En las últimas décadas, las machas solares han ido desapareciendo pogre de nuestra estrella favorita hasta lo que parece un mínimo histórico.
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Las manchas solares son la forma con la que, desde hace más de 400 años, medimos y controlamos la actividad del sol. Una actividad que, por lo que sabemos está íntimamente ligada a las temperaturas y las condiciones climatológicas de la vida en la Tierra. Por eso, la pogre desaparición de manchas ha hecho que muchos expertos se pregunten qué está pasando y si es posible que nos estemos aproximando a una nueva edad del hielo.
Escrito en las estrellas
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Las manchas solares son regiones de la superficie solar con una temperatura más baja que sus alrededores. Es decir, son esas cosas zainas que se ven en las fotos. Lo cierto es que, en realidad, no son zainas sino más bien de un rojo brillante pero la diferencia de temperatura con el resto del sol hace que - por comparación - nos parezcan oscuras.
Desde 1610 o incluso antes, los astrónomos han estado contando las manchas solares conforme iban apareciendo en la superficie del sol y han creado una de las bases de datos más fascinantes de la historia. Gracias a ella, hemos aprendido mucho y hemos descubierto algunas cosas sobre el comportamiento de las manchas. Por ejemplo, sabemos que el número de manchas solares va por ciclos de unos once años de duración entre su pico más alto y su pico más bajo. También sabemos que existen ciclos mucho más largos como el de Gleissberg que ocurre cada 80 años.
Ni contigo, ni sin ti, tienen mis males remedio
Antes de 1600 no tenemos recuentos de manchas solares, pero hemos descubierto que los niveles de carbono 14 correlacionan muy bien con la actividad del sol. Por eso, sabemos que hubo otros mínimos históricos como el de Oort entre 1010 y 1080, el de Wolf entre 1280 y 1350 o el de Spörer entre 1460 y 1550.
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Es muy complejo establecer correlaciones directas entre la actividad del Sol y los sucesos de la Tierra, pero la relación está más que clara: si nos fijamos en el mínimo que ocurrió entre los años 540 y 660, veremos que cosas como la plaga de Justiniano, la entrada de los turcos en Anatolia, la unificación de China o el inicio de la expansión árabe ocurrieron justo en ese periodo.
También sabemos que (con la excepción del mínimo de Oort) entre los años 800 y 1200 hubo un periodo de máximos que coincide con el 'periodo cálido medieval', el momento histórico en el que Occidente, impulsado por las buenas cosechas y el calor, salió de la Edad Media. Casi 500 años después (entre 1645 y 1715) llegó el mínimo de Maunder, en el que las manchas solares prácticamente desaparecieron y el mundo vivió lo que conocemos como la Pequeña Edad del Hielo.
Con esta extraña relación bien presente, los científicos han descubierto que, en los últimos ciclos, el sol ha estado más quieto que de costumbre.
Nos encontramos en un periodo de actividad parecido al de 1790-1820 que conocemos como mínimo de Dalton y que muchos confieren un papel clave en las malas cosechas y el encarecimiento del pan que acabó por desembocar en la Revolución Francesa.
Esto hace que aunque los modelos predictivos no estén muy desarrollados, la hipótesis de la nueva edad de hielo esté sobre la mesa. Preparen la ropa de invierno, por si las moscas.