El apagón dejó en evidencia al kit de supervivencia
La luz se fue y volvió. La vida siguió igual. Y en ese intervalo de horas, el gran negocio de la preparación para el fin del mundo se quedó sin argumento. Un apagón que dejó sin suministro a España y Portugal puso a prueba los armarios de latas, los generadores de gasolina y las mochilas de 72 horas que muchos tenían guardados. El resultado, según el propio balance que se hace del episodio, es que lo determinante no fue el equipo de nadie: fue que las grandes capitales recuperaron el suministro relativamente pronto, lo que evitó una ola de robos y convirtió la catástrofe anunciada en una anécdota de doce horas.
La tesis que recorre el asunto es incómoda para el sector: la mayoría de los preparativos de supervivencia solo sirven en circunstancias muy concretas y poco plausibles. Depuradoras de agua, comida que aguanta décadas, técnicas de caza y pesca, entablillar fracturas, suturar heridas, hidratarse con la propia orina. Todo eso, se argumenta, es perfectamente inútil para la vida normal. Lo básico para emergencias reales cabe en una lista corta: reserva de alimentos y agua para una semana, una batería externa para el móvil, una radio portátil si el teléfono no lleva una incorporada y un hornillo si no hay gas en casa. Nada más.
El problema no es el equipo, es dónde te pilla
El punto crítico no está en el armario. Está en la geografía. Si el corte te sorprende viajando, en un tren, en una carretera o en una oficina ajena, no importa cuánto sepas ni cuánto hayas almacenado: estarás a expensas de los demás. Esa es la conclusión que más se repite y la que menos se quiere oír. La preparación individual choca con una realidad simple: la red eléctrica no la sostiene un particular con un generador de trescientos euros, la sostienen operarios y mandos intermedios que responden a protocolos. Cuando esos protocolos funcionan, el apagón dura horas. Cuando no, ninguna garrafa en el maletero te salva.
Hay quien sostiene que el episodio fue en realidad un aviso de algo más grave y prolongado que ocurrirá antes o después. Bajo ese prisma, lo comprobado es que bastan unas pocas horas para que todo deje de funcionar y se lie, y que no estamos preparados. De ahí el interés por instalar placas en la terraza para cargar aparatos pequeños, o por montar un armario con latas, frutos secos y agua para una o dos semanas. La versión más extrema de ese cálculo añade que los próximos cortes vendrán con esteroides, con corte de agua incluido.
Los precedentes que desmontan el relato del caso aislado
El argumento de que esto no puede repetirse a escala regional se topa con la memoria. En 2007, una parte de Barcelona estuvo sin electricidad y hubo afectados que pasaron un mes entero a oscuras. La cifra que se maneja es de unas 250.000 personas afectadas, en una zona acotada de la ciudad. No fue un país, pero fue un mes. Y en Valencia, hace unos meses, 250.000 españoles estuvieron sin luz ni agua durante varios días, con caminatas de kilómetros para comprar agua y comida. Ese episodio, según quienes lo vivieron de cerca, demostró tres cosas: que la ayuda del Estado puede no llegar, que los saqueos aparecen cuando te descuidas y que la solidaridad vecinal funciona sobre todo cuando el desastre es localizado. Si hubiera sido en toda España, cada cual habría tenido que apañarse solo.
Sobre la causa, el diagnóstico se divide. Una corriente culpa a la inestabilidad que introduce en la red eléctrica la energía procedente de fuentes renovables, que describe como intermitente y mal integrada. Otra sostiene que el problema es de decisión política, no técnico: la ideología se cambia de un día para otro, la infraestructura no. En ese cruce aparece la comparación con China y su apuesta por centrales nucleares de nueva generación, como las de torio, frente a lo que se considera un retraso europeo en capacidad de generación firme.
Lo que de verdad falló: semáforos, dinero en efectivo y teléfonos
Más allá del debate sobre la red, el apagón dejó una lista de dependencias incómodas. La primera, el dinero en efectivo: sin luz no hay datáfonos, no hay cajeros y no hay pagos. Una anécdota que se repite es la de una reunión de trabajo en la que alguien de Estocolmo comentó que, si aquello llega a pasar en Suecia, donde el efectivo está prácticamente extinguido, el problema habría sido mucho mayor. La conclusión que se extrae es que el episodio debería servir para frenar el avance hacia una moneda digital única, aunque también se admite que en pocos meses nadie se acordará.
La segunda dependencia es la señalización. Los semáforos no se autobastecen. Durante el corte, la policía tuvo que regular el tráfico a mano, con recursos que en una emergencia deberían dedicarse a cosas más urgentes. La propuesta que circula es sencilla y barata: semáforos con placa solar que funcionen al menos durante el día, aunque sea sin batería. El obstáculo no es la tecnología, es la sincronización: de poco sirve que se enciendan las luces si cada cruce va por su cuenta.
La tercera es la telefonía. Hay quien considera que las redes de comunicación son lo último que debería caer tras un apagón, por encima incluso de los semáforos.
El kit que sí funcionó y el que no hacía falta
La experiencia real de quienes pasaron el corte en casa dibuja un inventario mucho más modesto que el de las webs de supervivencia. Lo que se usó: dos cargadores solares de móvil de unos 30 euros que ya estaban al 80% y que en doce horas de sol dan para cargar dos teléfonos; un camping gas y sus bombonas para comer caliente, por menos de 50 euros; tres linternas con dinamo de unos 20 euros cada una; una reserva permanente de tres o cuatro kilos de arroz, latas de atún, carne en lata y briks de pisto que evitó salir corriendo al supermercado; un par de packs de agua y botellas metálicas para recoger agua filtrada; y radios con pilas recargables. En total, bastante menos de lo que cuesta un generador homologado.
El generador merece capítulo aparte. Un equipo de unos 300 euros con dos garrafas de gasolina es el resumen que algunos hacen de lo que hace falta. Pero la letra pequeña aparece en el uso: quien intentó conectarlo al cuadro de la vivienda con un cable preparado se encontró con que no encendía nada, pese a haber comprobado el voltaje de salida. Acabó tirando dos prolongaciones y cables directos a los congeladores y al frigorífico, de noche y con prisa. Y sobre la gasolina, la advertencia es clara: llevar una garrafa en el maletero, aunque sea de las homologadas, no es buena idea.
El prepper que se queda sin argumento
El episodio también dejó una lectura menos amable. La esencia del preparacionismo, según la crítica más ácida, no es la supervivencia: es la autoestima de saberse más listo que el vecino, aunque solo sea por haber podido calentar el café durante las horas del corte. La paradoja que se señala es que los escenarios que justificarían todo ese despliegue —una guerra total, un colapso prolongado— implicarían tal mortandad que el propio preparacionista estaría entre los primeros en caer. Y el mejor día de su vida sería, precisamente, el día del apagón.
Frente a eso, la postura del equilibrio gana terreno. Tener algo está bien, pero sin pasarse: latas para tres o cuatro días, no para un año; un par de cuchillos útiles y tres cosas más, no un taller. Todo enfocado a que sirva en el día a día. Una radio a pilas nunca está de más. Llenar un armario con leche en polvo para dos años, en cambio, es otra cosa.
La anécdota que resume el asunto es la de quien, al irse la luz, llenó botellas de agua —aunque ya tenía dos garrafas—, sacó de su mochila de 72 horas la radio a pilas y una linterna, se fue a casa de sus padres porque tienen gas, llenó otra botella por si acaso, regaló una linterna a su hermana y se tumbó a escuchar la radio. Sabe que en un Mad Max real está muerto. La mochila solo le sirve para tener la tranquilidad de tener algo preparado.
Con estos mimbres, la pregunta que queda sin cerrar no es cuánto equipo hay que acumular. Es cuánto de lo que se acumula responde a un riesgo real y cuánto a la necesidad de sentirse preparado. El apagón duró horas. La conversación sobre qué hacer si dura un mes sigue exactamente donde estaba.