¿Por qué molesta el vídeo del yate de José Elías?
¿Qué tiene el vídeo de un empresario navegando de Barcelona a Ibiza para irritar más que la fortuna que lo hace posible? Lo grabó y lo publicó él mismo: la travesía, la embarcación, la pareja y los amigos en pleno agosto. La reacción mayoritaria no ha sido admiración. Ha sido incomodidad. El reproche dominante no apunta al dinero en sí, sino a la necesidad de exhibirlo, y ahí es donde el asunto deja de ser una anécdota veraniega.
No es el dinero, es el estilo
El segundo lugar común, después del «qué envidia», es el estético. Se critica la embarcación por fea, por chabacana, por hortera; se ironiza con que hay pesqueros con más elegancia y se discute si lo que aparece en pantalla es un yate o, siendo precisos, una lancha. La camiseta con el logo bien visible también se lleva su ración.
Ese tipo de reproche no es moral, es de clase. Y explica por qué el rechazo atraviesa a gente que no tiene ninguna objeción ideológica contra el dinero: el problema no es que sea rico, es cómo lo cuenta. La fortuna no se cuestiona; se cuestiona el gusto. Es la vieja frontera entre el rico discreto y el nuevo rico que necesita público.
El argumento de la envidia y para qué sirve
A cada crítica le sale su respuesta: envidia. El recurso tiene una función concreta, que es cerrar el debate antes de que empiece. Si quien critica es un resentido, no hay nada que discutir. La jugada es eficaz y, en cierto sentido, sincera: parte de quien la usa admite que le gustaría estar en esa cubierta.
Lo llamativo es el volumen de voluntarios. Personas que no son empleadas, socias ni amigas del protagonista dedican su tiempo libre a defender a un millonario que no sabe que existen. Hay quien lo define sin anestesia: la relación laboral peor pagada de España es la de mamporrero espontáneo. Trabajar gratis de relaciones públicas es una afición cara.
El negocio de venderse a sí mismo
Aquí está el punto que más incomoda a quien observa el fenómeno desde fuera de la admiración: si la presencia constante en pódcast, entrevistas y redes se justifica como publicidad para sus empresas, entonces ese vídeo es un anuncio. Y el producto es él. El reloj caro sigue estando en la muñeca, solo que ahora se enseña con mano izquierda.
De ahí salen las preguntas que nadie contesta del todo: qué aporta publicar la vida privada cuando no necesitas vender nada, y qué pasa cuando el escaparate y el negocio son la misma persona. La curiosidad no se queda solo en el barco: hay quien recuerda que el protagonista ha hablado de paternidad mientras reconocía haber pasado por una vasectomía y someterse a tratamientos para revertirla. El vídeo es lo de menos.
El daño colateral: la náutica de recreo
Y aparece el efecto menos comentado de esta clase de espectáculos. Cuando la náutica se presenta como coto privado de grandes fortunas, se refuerza sin querer el marco de trámites, zonas vedadas y titulaciones que ya limita a quien sale a pescar con una embarcación modesta. El exhibicionismo millonario da argumentos a quien prefiere el mar con porteros.
Al final, el vídeo funciona. Se habla de él durante días. Solo que se habla para decir que sobra. Negocio redondo: el empresario paga el gasoil y la conversación la ponen los demás.