La verdad sobre el café: ni lo inventaron en Arabia ni fue una cabra
La leyenda más extendida sobre el café sostiene que unos pastores descubrieron el efecto estimulante de sus granos al ver a sus cabras volverse más activas tras comerlos. La historia es bonita, pero tiene el mismo fundamento que muchas fábulas: poco. Quienes se han molestado en mirar los datos señalan que el cafeto necesita temperaturas estables entre 17 y 23 grados, alta humedad y lluvias constantes, condiciones imposibles en el desierto arábigo. El origen más probable está en Etiopía, en la región de Kaffa, de donde vendría incluso el nombre de la bebida.
La segunda parte de la discusión es menos pintoresca y más incómoda: la cafeína es un veneno. La planta la produce para disuadir a los insectos que quieren comérsela. Y los humanos, en un alarde de supervivencia adaptativa, la han convertido en el psicoactivo más consumido del planeta. Que algo sea natural no lo hace inocuo; que sea popular no lo hace saludable. La ironía es que una sustancia diseñada para cancelar bichos se haya convertido en el combustible matutino de millones de oficinistas nerviosos.
No hay consenso sobre el origen exacto, ni sobre si conviene pasarse al mate o al té verde. Lo único que parece claro es que el relato oficial de la cabra saltarina no se sostiene. Y que, como casi todo en la moderna industria del consumo, el café es una mezcla de marketing, tradición y una buena dosis de autoengaño. Cada cual que elija su veneno.