El campo de 1930: de la arcadia idealizada a la vaca de 800 kilos
Una corriente defiende que en el campo de los años treinta se vivía mejor que en cualquier piso de ciudad de hoy: menos ruido, familia estable, aire limpio y una libertad que la urbe no da. La tesis de partida es que el campo solo es duro si vives donde no llueve. Sobre el papel, un idilio. En la práctica, el asunto admite matices que van de una hambruna con un millón de muertos al parto de una vaca de 800 kilos un domingo a las diez de la noche.
La escena no es literaria. Un ganadero con quince años de oficio relata que ese mismo domingo se le cayó una vaca y se abrió de piernas. Hubo que sacarle la pata, amarrársela y colocarla en buena postura —una hora de brega entre dos hombres— para que no se lastimara la cadera y hubiera que matarla. Se fue a la cama con el brazo dolorido.
Los animales son 24/7.
La hambruna que no sale en los vídeos de postal
El ejemplo irlandés es el que más tensa la cuerda. Se recuerda que Irlanda, escenario de esos vídeos idílicos, es un lugar lluvioso y que pocas décadas antes de las imágenes sufrió una hambruna con
1 millón de muertos y otro millón de emigrados. El argumento golpea la parte de la tesis que dice que basta la lluvia para que el campo no sea duro: la humedad no reparte la tierra ni llena el granero.
Quienes reivindican lo rural no lo niegan. Dicen otra cosa: que el campo era duro de verdad —
te levantas todos los días del año, resumen— pero que la ciudad es peor, porque no es natural, deshumaniza y obliga a convivir con entornos que nadie elegiría. La dicotomía que se plantea no es campo rico contra ciudad pobre, sino vida natural contra vida artificial.
¿Cuántos días al año se trabajaba en el campo tradicional?
Aquí asoma el dato que más discute el relato del sol a sol. Se afirma que los estudios sobre la vida tradicional en el campo español dibujan jornadas menos brutales de lo que sugiere la estampa:
unos 200 días al año en trabajos asalariados, con el trabajo integrado en la vida —variado, planificado por uno mismo y hecho en comunidad con vecinos a los que se necesitaba—. El calendario agrícola tenía picos y valles: la cosecha era el pico del año.
La objeción es que esa media esconde oficios distintos. Un huerto de autoconsumo y veinte gallinas no se atienden igual que cincuenta vacas. El que tiene plantas riega cuando toca; el que tiene animales no libra ni los domingos. Meter ambos bajo la etiqueta «campo» es comparar dos cosas que no se parecen.
Por qué la esperanza de vida de 35 años engaña
El intercambio más técnico llega con las estadísticas. Un lado sostiene que en 1700 en el campo se moría con
45 años; otro recuerda que en 1917 la esperanza de vida general era de
35. La cifra parece un desastre y en parte lo era, pero mezcla dos cosas: una persona que muere a los 80 y otra que muere antes de los 12 tiran la media hacia abajo con una fuerza brutal. La mortalidad infantil era masiva y el promedio no mide la edad real a la que morían los que llegaban a viejos.
De ahí salta el argumento más incómodo. Si se contabilizaran como cero años vividos las personas que hoy no nacen por planificación familiar, la esperanza de vida actual se resentiría. La demografía no es buena ni mala: es un espejo que cada generación lee a su favor.
Testimonios que pinchan el idilio
La memoria familiar hace de contrapeso. En el rural gallego de posguerra, sin calefacción más que el hogar, sin médico a menos de un día de mulo, la comida diaria era caldo, patatas y verdura con un trozo de tocino; el pan blanco, un lujo. En Castilla y Extremadura, quien trabajó la tierra hasta los veinte recuerda segar con hoz bajo un calor terrible y coger aceituna con un frío helador.
Hambre no he pasado, pero no se lo deseo a nadie, resume uno de ellos.
Nadie discute que la vida en el pueblo tuviera cohesión: se dejaba la llave al vecino, se cuidaban los niños en común, había favor por favor. La cuestión es si esa red social era consecuencia de la vida natural o del simple hecho de que no había alternativa ni Estado que cubriera el hueco.
El campo no está libre de lo que se le achaca a la ciudad
El cierre del idealismo choca con otro dato: las zonas agrícolas prósperas también funcionan con salarios bajos y mano de obra migrante; el problema no es el asfalto, es el sistema. Y la gente del campo, a la mínima, se fue y se sigue yendo a la ciudad. Quien añora el terruño desde el piso no haría la mudanza ni con una morterada encima.
Con estos mimbres, la conversación se ordena en tres corrientes. Los que creen que el campo era miseria y que solo la técnica lo arregló. Los que sostienen que la ciudad deshumaniza y que el campo, con todo, es más sano. Y los que zanjan que el problema es la época, no el lugar, y que la comparación honesta es campo de hoy contra ciudad de hoy. Nadie ha puesto aún sobre la mesa la cifra que cierre el asunto: la que explique por qué, si el campo era tan bueno, se vació.