Merz admite el error nuclear y Alemania paga la energía más cara
¿Cuánto cuesta cerrar unas centrales que ya estaban amortizadas? El canciller alemán Friedrich Merz acaba de responder a esa pregunta en voz alta: renunciar a la nuclear fue «un serio error estratégico» y su país soporta la transición energética más cara del mundo. Lo dijo sin rodeos, admitiendo que hace al menos tres años debían haberse quedado con el último reactor en marcha. La confesión llega tarde y llega sola: ni una palabra sobre los gasoductos Nord Stream, dinamitados en el mar Báltico, ni sobre la factura industrial que arrastra la primera economía europea.
Qué reconoció exactamente el canciller alemán
El reconocimiento tiene tres patas. La primera, que el abandono nuclear fue una decisión equivocada. La segunda, que el coste de la llamada transición energética alemana no tiene parangón: es la más cara del planeta. Y la tercera, la más incómoda, que la salida se consumó con plazos que ahora se antojan precipitados.
Merz sitúa el punto de no retorno tres años atrás, cuando se apagó el último reactor.
Lo llamativo no es la rectificación, sino su perímetro. El discurso señala a los ecologistas y a la ingeniería energética, pero esquiva el capítulo que más ha pesado en el coste final: la ruptura con el gas ruso barato y el sabotaje de los gasoductos que lo traían. Hay quien lo dice sin ambages: el problema no fue solo cerrar nucleares, fue además dinamitar la alternativa. Y el canciller, de momento, mira hacia otro lado.
La factura industrial: quién paga el experimento
Alemania no ha perdido solo competitividad eléctrica. Ha perdido industria. El diagnóstico que circula es que el daño no se limita al sector energético: arrastra al automóvil, a la química y a la siderurgia, los pilares del modelo exportador alemán.
La energía más cara del mundo es un lastre que ninguna fábrica intensiva en electricidad puede compensar con productividad.
La comparación con España aparece pronto. Hay quien sostiene que aquí el error es mayor, porque el parque nuclear español se enfrenta a un cierre sin prórroga mientras se prohíbe buscar y extraer uranio, se mantiene un organismo público ligado al ciclo del combustible y se empuja la electrificación de calderas y coches a la vez. El argumento contrario también tiene recorrido: la generación distribuida alemana, con placas en los tejados, permite cierto autoabastecimiento que un sistema de megacentrales no ofrece.
El papel de los Verdes y el coste político del relato
La tesis más repetida apunta a los partidos ecologistas como bisagra indispensable de las mayorías parlamentarias alemanas. De formaciones moderadas hace dos décadas a posiciones que muchos califican ya de radicales, su influencia sobre la política energética se considera determinante. Sin su concurso, sostiene esta lectura, no se entiende el calendario de cierre.
La otra lectura es menos amable con la clase política y más con el electorado. No serían ingenuos, serían ejecutores de políticas dictadas desde instancias superiores, con la fidelidad al cargo como moneda de cambio. En ese marco, la figura de la activista adolescente que dio la cara por el movimiento climático se lee como coartada útil, no como causa.
Juana de Arco con trenza, viene a decirse.
¿Y ahora qué? Reparar, reabrir o esperar
Las opciones sobre la mesa son tres y ninguna es barata. Reparar los gasoductos del Báltico exigiría un giro geopolítico de primer orden, con Washington mirando de reojo. Reabrir reactores clausurados choca con plazos y con permisos. Y mantener el rumbo actual significa seguir pagando la electricidad más cara del continente mientras la industria se deslocaliza.
Mientras tanto, la conversación pública alemana ha girado hacia el otro culpable posible. Bajo la etiqueta que en alemán significa declaración de guerra, una parte de la opinión atribuye el sabotaje de los gasoductos a su propio aliado atlántico. No hay pruebas públicas que respalden esa atribución, pero el malestar existe y condiciona cualquier debate sobre volver a comprar gas ruso.
Que el canciller admita el error y no mueva una pieza es, probablemente, la parte más alemana de toda la historia.