De la cocaína a la heroína: la escalada que nadie quiere ver
La cocaína era la droga del éxito, la del ejecutivo, la que financiaba la imagen de triunfo. La heroína, en cambio, pasaba por una reliquia de los 80, algo superado. Pero la adicción no entiende de nostalgia: cuando el estimulante deja de hacer efecto, el cuerpo pide algo más fuerte, y el salto al opioide es la consecuencia lógica de una tolerancia que no perdona. El caso de Simón, un personaje público cuya trayectoria de consumo se ha hecho pública, es el último ejemplo.
El patrón de la escalada de consumo
La secuencia es casi clínica: primero estimulantes, luego alucinógenos, después opioides. Es el camino que describe la evolución de Simón, que ha pasado de la cocaína a la heroína en cuestión de meses. Cada fase requiere más riesgo para conseguir el mismo efecto. La tolerancia no es una opinión: es un mecanismo fisiológico que empuja al consumidor a aumentar la dosis o cambiar de sustancia.
La metáfora del apalancamiento
Algunos análisis describen este proceso con un lenguaje más propio de los mercados: “Antes era solo una operación más; ahora necesita apalancamiento para sentirse vivo”. La comparación no es gratuita. El adicto, como el inversor, asume más riesgo para sostener el mismo nivel de satisfacción. La diferencia es que en los mercados la quiebra se declara y se sale; en la adicción, el colapso conduce al deterioro físico y mental.
El coste familiar: el abandono como última etapa
La parte más cruda de este caso es el coste humano. Simón tiene un hijo menor al que apenas ve. Sus padres, según las informaciones, han dejado de llamarle para las reuniones familiares. Hace unas semanas prometió a su madre que se apuntaría a una clínica de desintoxicación; no lo ha hecho. Y en el entorno más cercano, la muerte de Sergio, otro consumidor de heroína, se contempla como un aviso de lo que puede ocurrir.
¿Queda margen o es punto de no retorno?
Las opiniones se dividen. Hay quien sostiene que el deterioro es ya irreversible y que el desenlace solo es cuestión de tiempo. Otros creen que aún queda margen si ingresa en un centro de rehabilitación antes de que el verano acabe con él. Pero nadie ofrece un escenario intermedio: o sale de la espiral o la espiral se lo traga. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿hasta cuándo la adicción de una persona pública es un asunto privado que solo interesa cuando se convierte en espectáculo?
La trayectoria de Simón es un espejo incómodo de una sociedad que normaliza el consumo recreativo mientras criminaliza al adicto. La heroína ya no es un problema de los años 80; ha vuelto para recordarnos que la línea entre la diversión y la autodestrucción es mucho más fina de lo que parece. ¿Cuántos casos más hacen falta para que se hable en serio de la prevención?