El eléctrico deja de ser especie protegida: ahora toca pagar
En Austria, el último privilegio del coche eléctrico sigue en pie: en tramos donde la contaminación dispara los límites, los eléctricos e hidrógeno pueden mantener 130 km/h, mientras gasolina, diésel e híbridos se quedan en 100. Es la última fotografía de una época promocional que llega a su fin. El asunto ya no es ecológico, sino fiscal: el coche eléctrico empieza a pagar más impuestos.
Hay quien lo ve como una estafa anunciada: se promociona el producto con subvenciones y facilidades, se captura al cliente, y en cuanto la competencia desaparece, se aprieta la tuerca. A más cuota de mercado eléctrico, más presión fiscal para compensar el agujero en las arcas públicas. Así lo describía un análisis que lo califica de "de primero de marketing": cuando arrasaste a la competencia y tienes a la clientela cautiva, los gobiernos, con los vendedores en el bolsillo, cambian las reglas.
En el lado opuesto, otra corriente sostiene que es la lógica natural de una tecnología que madura. Todos los productos nuevos pasan por una fase de privilegios hasta que ganan escala; después, llega la normalización. El problema, dicen, es que esa normalización significa que el ahorro fiscal prometido se evapora y la promesa ecológica queda en segundo plano. El propio ejemplo austriaco lo resume: ya no se habla de contaminación, sino de quién paga la factura.
El calendario de retirada de incentivos en Europa se acelera y el coche eléctrico afronta un régimen fiscal común. La pregunta abierta es hasta dónde llegará el apriete cuando los eléctricos sean mayoría: ¿se mantendrá alguna compensación o simplemente correrán a 130 el día que también paguen como los demás?