El colapso de EEUU: la tesis que gana peso en el análisis
La idea de que Estados Unidos camina hacia un colapso económico y una eventual fragmentación territorial no es nueva, pero ha dejado de ser un pasatiempo de agoreros. El punto de partida de la discusión es una entrevista del coronel Lawrence Wilkerson, exjefe de gabinete de Colin Powell, en la que sostiene que la crisis fiscal estadounidense ha llegado antes de lo previsto y que el fin del imperio obligará a cambios radicales en su política exterior. La tesis central: un país sostenido por
once portaaviones y una impresora no puede aguantar indefinidamente.
El diagnóstico se apoya en una cadena de agravios acumulados: la salida del patrón oro con Nixon, el petrodólar como muleta, el imperialismo belicista, las rondas de expansión cuantitativa, la deuda disparada y una inflación contenida solo por la condición del dólar como moneda de reserva. A eso se suma la pérdida de cohesión interna —división política, religiosa y étnica— y una inmigración masiva que, según esta lectura, tensa el mercado laboral y diluye el sentimiento nacional.
La aceleración de la Historia como variable clave
El argumento que diferencia esta tesis de las profecías de manual es el factor tiempo. La Historia, por la tecnología y los medios de transporte, corre mucho más rápido que hace doscientos o quinientos años. El auge y la decadencia de los imperios se comprimen. Una perturbación en Wall Street se siente al instante en Vladivostok. El imperio romano tardó siglos en caer; este no tiene ese lujo.
De ahí la conclusión que se repite: no es cuestión de
si, sino de
cuándo. Y ese cuándo, según los más pesimistas, se está adelantando. La segunda administración de Trump aparece descrita como un despropósito continuado, con un presidente «desatado» desde que revalidó el cargo.
Guerra proxy, recursos ajenos y el 5% del PIB
El patrón de comportamiento que se atribuye al imperio en decadencia tiene tres vectores. El primero, buscar una guerra proxy en Europa para debilitar a Rusia y a la propia Europa, librarse de deuda, eliminar rivales económicos y forrarse con la reconstrucción. El cálculo habría fallado por el aguante ruso. Ahora, según esta lectura, Washington da un paso atrás mientras empuja a sus aliados europeos hacia adelante y les exige el
5% del PIB en gasto militar.
El segundo vector es la apropiación de recursos naturales sin compensar a la nación productora. Ucrania, Venezuela, Groenlandia. En el caso venezolano se afirma que Maduro ofreció un reparto y que la parte estadounidense lo rechazó porque lo quiere todo, el cien por cien. Groenlandia entra por la puerta de la seguridad, pero el interés real sería minero y geoestratégico. Los precedentes citados son Puerto Rico, Filipinas, Hawái, Cuba y Panamá.
El tercero es la lista de objetivos con petróleo: Irak, Irán. Con Corea del Norte no se meten, porque tiene el
pepinaco.
Rusia, China y la pesadilla de Brzezinski
Uno de los efectos colaterales más comentados es geopolítico. Al hostigar a Rusia, Occidente la ha empujado a los brazos de China, que según esta lectura le hará el abrazo del oso para apuñalarla cuando llegue el momento. Es, literalmente, la pesadilla de Brzezinski. La conclusión que se extrae: las élites estadounidenses han cometido un error de cálculo de primer orden.
El resto del mundo, mientras tanto, observa el comportamiento errático y toma nota. La segunda administración Trump se describe como un despropósito detrás de otro, y las naciones y bloques actúan en consecuencia.
¿Y Europa? Colonia sin derechos y el efecto dominó
La pregunta que sobrevuela el análisis es qué pasa con Europa cuando el imperio se hunda. La respuesta dominante: Europa es una colonia sin derechos desde 1945, vive en la paz americana y todo lo que ocurra en Estados Unidos acabará ocurriendo aquí. Los líderes europeos serían subordinados a los poderes fácticos que operan en Nueva York, Washington y Londres.
La advertencia sobre España es explícita: no ha colapsado todavía, pero todo el tinglado se financia con deuda y con salarios cada vez más menguantes. No se puede mantener a tanto paguitero. Si no se corrige, el país se iría a la mierda más rápido que Estados Unidos. La dependencia exterior es casi total: sin los fondos europeos, adiós.
El punto donde el análisis se atasca es el mismo de siempre: nadie sabe cuánto tarda un imperio en caer. Puede ser una década o tres. La única certeza compartida es que la impresora no arregla nada, solo compra tiempo. Y el tiempo, en esta ocasión, corre más rápido que nunca.