El diesel en España: de 1,65 a 2 euros, el espejismo que se paga cada llenado
El barril de Brent cotiza a 101,60 dólares y en los surtidores españoles el gasóleo se acerca a dos euros por litro. No es un pico pasajero: la presión fiscal y los márgenes de las petroleras han convertido el repostaje en un lujo para hogares con ingresos medios. Con un sueldo de 1.200 euros al mes, mantener el coche empieza a ser inviable, y la famosa resiliencia que algunos predican se topa con una realidad de números tozudos.
El desglose del litro: dónde va cada céntimo
Un análisis de la estructura de precio del gasóleo revela que, de cada 1,65 euros por litro, aproximadamente 0,90 euros corresponden a coste de materia prima y logística. Los impuestos totales se llevan 0,75 euros. Casi la mitad del importe acaba en las arcas públicas. En Estados Unidos, donde la fiscalidad sobre los carburantes es mucho menor, el litro de gasolina ronda los 0,80 euros. La diferencia no se explica por el coste del crudo, sino por la voracidad recaudatoria.
El salario que no da para llenar el depósito
Con 1.200 euros netos al mes, el gasto en combustible puede superar el 30% del sueldo si se necesita el coche para trabajar en un polígono industrial. Incluso con 2.000 euros mensuales, la situación es límite en ciudades como Madrid o Barcelona, donde sumar alquiler o hipoteca convierte cualquier ingreso medio en insuficiente. La tendencia a considerar ricos a quienes ganan 2.000 euros queda ridícula cuando se mira la cesta de la compra y el precio del diésel.
Especulación o diseño: ¿quién empuja el precio?
Parte del incremento actual se debe a que el petróleo que se refina ahora se compró cuando el barril estaba entre 60 y 70 dólares. Eso alimenta la sospecha de que hay un componente especulativo en la cadena. Pero el factor estructural es la política impositiva: la Unión Europea ya ha puesto sobre la mesa un impuesto mínimo al diésel para 2027, y el Gobierno español no parece dispuesto a renunciar a ese pellizco. La consecuencia, según algunas estimaciones, es que la economía de servicios y el tejido de autónomos y pymes no podrán aguantar mucho más sin recortar empleo o actividad.
¿Hay salida más allá del lamento?
El debate se atasca entre quienes defienden la transición ecológica como justificación del encarecimiento y quienes ven directamente un expolio fiscal. Mientras, el ciudadano que necesita el coche para trabajar ve cómo el depósito, que hace unos meses se llenaba con 50 euros, ahora requiere 70 u 80. La comparación con Estados Unidos –donde llenar una camioneta V8 cuesta menos que un café en España– pone en evidencia que el problema no es el crudo, sino la estructura de costes impuesta desde Bruselas y Moncloa. Con estos mimbres, el diésel a dos euros no es una hipótesis de futuro: es el siguiente paso de una escalera que ya estamos subiendo.