Fudivarri
EL ESTADO ES TU PEOR ENEMIGO.
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Cuando la inseguridad deja de…
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La mafia se consolida como un Estado paralelo de bajo coste, ofreciendo orden y protección a tiros donde el Estado renuncia a su función, y el ciudadano paga por seguridad privada.
Cuando la inseguridad deja de ser una estadística y se convierte en el ruido de una cerradura forzada, la gente no busca teorías. Busca que alguien llegue antes que la policía. Y si el Estado no aparece, que llegue otro. La mafia no es una anomalía, es un Estado de bajo coste. No promete derechos, promete orden. No jura la Constitución, jura que no volverá a pasar. No envía inspectores, envía recados. Cobra impuestos sin boletín oficial, imparte justicia sin garantías y protege, sí, protege. A tiros. Ese es el contrato: miedo gestionado, seguridad privada, violencia subcontratada.
Donde el Estado mira para otro lado, el hampa pone taquilla. Donde la justicia tarda, el matón madruga. Donde la política discute, el sicario ejecuta. Y el ciudadano, asustado, paga porque el verdugo al menos contesta. Aquí está la ironía completa: el Estado ya no protege, pero no ha renunciado a cobrar. Te exprime por adelantado: impuestos salvajes sobre un servicio que no presta. Primero te quita, luego te deja solo. Y en ese hueco florecen los estados paralelos.
No piden papeleo, piden cuota. No prometen derechos, entregan orden. Hacen el trabajo que el Estado abandonó y lo cobran. La seguridad deja de ser un derecho y se convierte en servicio premium. Y el ciudadano, exprimido por arriba y extorsionado por abajo, elige a qué depredador paga. Pero si una mafia no basta, el mercado se fragmenta. Pagas al Imam del barrio para que los motos respeten tu negocio y al capo del barrio para que sus chicos no te toquen. Pagas. Tu negocio sigue abierto. Y te compensa más que ser asaltado continuamente.
Es un Estado despedazado en franquicias, cada una con su bandera, su lista de enemigos y su tarifa. La protección era solo la forma educada de la extorsión. ¡Que se lo pregunten al Estado! Si la policía no llega, el mercado madruga. Empresas de desokupación venden lo que el Estado no da: presencia, presión, resultado. No llevan porra oficial, llevan realismo. No juran la ley, juran eficacia. No prometen cumplirla, prometen que el problema desaparecerá.
El fenómeno revela un vacío. El ciudadano compra protección, compra que el conflicto se vaya. Y se va por la puerta o por el ojo de un puente. El problema es que la única respuesta sea pagar músculo. Si el Estado no garantiza derechos, el derecho se convierte en servicio. El Estado que no evita el delito acaba cediendo a otro la respuesta. El siguiente paso lo conocemos por lo que ha sucedido en Italia: funcionarios que han querido desmontar la Mafia y han muerto en el intento sin que la ciudadanía proteste. Vale la pena pensarlo.
Cuando la inseguridad deja de…
Este artículo levantará…
Buenísimo mensaje. Tan…
Gracias. Es lo…
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