Buxadé respalda a Israel y enciende el avispero de su propio partido
Jorge Buxadé, eurodiputado de VOX y ex falangista, ha mostrado su apoyo a Israel y ha condenado el «ataque del
terrorismo yihadista» contra un país que, según su planteamiento, se limita a defender sus fronteras. La posición es tajante. El eco, también. Nadie se ha llevado las manos a la cabeza porque VOX se alinee con Israel; lo que ha removido el terreno es el envoltorio: un partido construido sobre el relato de la soberanía nacional sitúa su política exterior en el eje de Washington. Y eso obliga a explicar demasiadas cosas a la vez.
Qué sostiene Buxadé y por qué incomoda a su propia base
El argumento del «derecho a defender sus fronteras» encaja sin costuras en el discurso habitual del partido: orden, muros y soberanía. El problema aparece cuando ese mismo criterio se aplica a un Estado cuya legitimidad se apoya en una reivindicación histórica y religiosa, y no en una nación construida sobre la lengua y la tierra. Ahí empieza el cortocircuito.
La respuesta más repetida no se detiene en el carné antiguo del político. Frente a la etiqueta —ex falangista, viejo comunista, lo que sea—, se impone la pregunta que de verdad importa: qué propone, qué dice que se puede hacer con eso. La biografía es un dato, no un argumento.
Lo que sí ha sorprendido es la ausencia de matices. Nada de «condenamos la violencia de ambas partes». Apoyo explícito, condena de una sola de las violencias y silencio sobre el resto. En política exterior, la ambigüedad es un lujo que se paga caro; la claridad también.
Hay un matiz que suele pasarse por alto y que aparece en el intercambio: el colectivo judío más visible en ciertos barrios no es sionista, no sirve en el ejército y rechaza el propio Estado de Israel. Meterlos a todos en el mismo saco —el de los que mueven los hilos— es un error de manual que se comete a diario.
VOX, cada vez más parecido al conservadurismo estadounidense
El diagnóstico que más circula es que VOX se ha ido transformando en un partido liberal-conservador homologable a los que orbitan alrededor del Partido Republicano estadounidense, y cada vez menos identificable con la derecha conservadora española que, siendo también liberal, mantenía una idea propia de la política exterior.
De esa tesis se extrae una conclusión incómoda: si el partido acaba votando lo mismo que el bloque de enfrente en todo lo que suene a aliado atlántico, su utilidad como herramienta de presión se diluye. Las siglas cambian; la brújula, no.
Y hay un detalle que se repite en los márgenes: la sensación de que ese alineamiento no se negocia, se acata. La recompensa, se sostiene, llega en forma de parabienes internacionales y no de resultados concretos para el votante de aquí. El caso español tiene además un precedente curioso que alguien rescata: en una sinagoga principal de Nueva York se reza cada 20 de noviembre por la memoria de Franco, al que se atribuye haber salvado a parte del pueblo judío. Nadie lo verifica, pero ilustra lo resbaladizo de las alianzas históricas.
¿Por qué el apoyo a Israel se lee como sumisión y no como realismo?
Porque el criterio se aplica solo en una dirección. Ese es el reproche central: se exige firmeza frente a unas injerencias y se acepta sin pestañear la dependencia de otras. La regla que se ha popularizado —quien apoya a Israel forma parte del sistema, quien sale en televisión también— no resiste ninguna comprobación, pero funciona como atajo mental y explica por qué tantos desconfían del mensaje.
Enfrente está el argumento pragmático, probablemente el más honesto de todo el asunto: no hay simpatía, hay cálculo. Israel es un aliado útil en un tablero donde el otro lado incluye actores que no son precisamente amables. No es cariño, es geometría.
A medio camino, se reconstruye la red que sostiene esa posición: fundaciones, think tanks y nombres propios con intereses económicos muy concretos, entre ellos un ex alto cargo de los servicios de información español y un financiero conocido por un proyecto de ocio que necesitaba leyes a medida. Nada probado, todo apuntado.
Podemos con Palestina, VOX con Israel: el reparto del tablero
La foto fija es esa: un partido a cada lado, cada uno con su bandera y su causa, y un electorado que asiste al espectáculo sin haber pedido entrada. Para unos, el
circo refleja la americanización de la política española. Para otros, es simplemente la traducción doméstica del eje global.
Hay quien saca la cuenta electoral rápida y asegura que la posición reportará varios miles de votos. Es una estimación sin encuesta detrás, del mismo modo que la contraria tampoco tiene números: nadie ha medido cuántos se van por el camino cuando un partido deja de hablar de lo que prometió hablar.
Debajo del ruido, una corriente reclama algo más simple: menos banderas ajenas y más atención a la gente corriente de ambos lados, la que trabaja, paga impuestos y no ha elegido ninguna de las dos causas. Y una propuesta que no ha hecho carrera: si el conflicto solo se arregla cuando ambos bandos dejen de invocar a sus dioses, entonces el problema no es de fronteras.
Del respaldo político al parte de guerra: 500 kilómetros de túneles
El respaldo no se quedó en la declaración. La conversación derivó hacia un seguimiento casi diario de la campaña militar, con nombres de brigadas, unidades de rescate y operaciones concretas. Entre los datos que se repiten: una red de al menos 500 kilómetros de galerías subterráneas, según un responsable del grupo islamista; 300 ataques aéreos en una sola jornada; andanadas de entre 40 y 50 cohetes lanzadas desde Líbano contra una localidad de los Altos del Golán; y un pueblo de unos 8.000 habitantes convertido en objetivo.
El frente libanés tuvo su propio contador: bombardeos sobre posiciones de Hezbolá, almacenes de armamento arrasados y una jornada de preparación del Estado Mayor israelí para el norte. También entraron en el relato los hallazgos bajo los hospitales, la exhibición de objetos atribuidos a la matanza del 7 de octubre, el traslado de una veintena larga de niños enfermos a Jordania para tratarse de cáncer o la captura de edificios gubernamentales en distintos barrios de la ciudad de Gaza. Cada vídeo y cada parte se usan como prueba de una tesis ya decidida de antemano.
En paralelo, la contabilidad del otro lado: detenciones por supuestos planes contra objetivos judíos en Argentina, sirenas en el norte de Israel y una cifra que se repite en la fase final, la de los rehenes que siguen cautivos. La cifra exacta, con su fuente y su fecha, figura en el material que originó esta discusión.
La hambruna de Gaza y el giro del relato
Cuando el asunto parecía agotado, volvió por otro camino: el cuestionamiento de la narrativa humanitaria. Se difundieron análisis que niegan la hambruna masiva y acusan a la prensa internacional de construir un relato sin base. La respuesta fue inmediata y dura: si eso no es defender lo indefendible, se preguntó, que venga alguien a explicar qué lo es.
Y aquí el terreno se rompe. Una parte del intercambio se degrada hasta la descalificación personal y las viejas teorías conspirativas sobre el control financiero y la doble lealtad, formulaciones que no cuentan con ningún respaldo empírico y que se reproducen por inercia, no por evidencia. Otra parte, la más numerosa, se limita a pedir que se deje de creer en relatos de buenos y malos.
La conclusión que se impone es incómoda para todos: el apoyo a un bando se ha convertido en la forma más rápida de no discutir ningún dato.
Con estos mimbres, la predicción más razonable es que el giro no le costará a VOX un puñado apreciable de votos —su electorado vota orden, soberanía y control de fronteras, no política exterior— mientras el desgaste se acumula en otro sitio: en la credibilidad de su discurso antipoder. Con una reserva: si el conflicto vuelve a primera plana con esta intensidad, ese cálculo se revisa solo.