El nazismo como socialismo: el debate que incomoda
En enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller de
Alemania. Un mes después, el 28 de febrero, el Decreto del Incendio del Reichstag abolía varios artículos de la Constitución de Weimar, incluido el 153, que garantizaba la propiedad privada. Ese es el punto de partida de una tesis que recorre los foros de política económica: el nacionalsocialismo no fue un capitalismo disfrazado, sino una forma de socialismo. La discusión, que se remonta a años atrás y sigue viva, sostiene que Hitler se declaraba socialista, que consideraba al marxismo un falso socialismo y que su proyecto económico era incompatible con el libre mercado. La narrativa oficial, en cambio, insiste en presentarlo como un capitalista al servicio de los empresarios. ¿Dónde está la verdad?
El socialismo según Hitler: raza en lugar de clase
La tesis central es que Hitler odiaba tanto el capitalismo como el marxismo, y que veía en ambos partes de un mismo plan judío para dominar el mundo. Su socialismo, a diferencia del marxista, no dividía a la sociedad en clases, sino en razas: una raza opresora (la judía) y una raza oprimida (la aria) que debía rebelarse. El sujeto revolucionario no era el proletariado, sino la raza aria. Esta idea, defendida en el material analizado, se apoya en textos como el de Joseph Goebbels en la revista
Der Angriff en 1928: «Nosotros somos socialistas porque vemos en él la unión de todos los ciudadanos». El partido nazi, además, se llamaba Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. El nombre no era un capricho.
La primera medida económica: abolir la propiedad privada
El argumento más contundente que se esgrime es el Decreto del Incendio del Reichstag, que eliminó el artículo 153 de la Constitución de Weimar. Según esta interpretación, Hitler aprovechó el incendio para colar la abolición del derecho a la propiedad privada bajo la excusa de garantizar el orden público. A partir de ahí, el Tercer Reich habría desarrollado una economía dirigida, con un fuerte gasto público y rearme, que solo podía sostenerse mediante la expansión territorial. La guerra, por tanto, no sería una locura, sino la consecuencia lógica de un sistema que necesitaba saquear recursos para no quebrar.
¿Por qué Hitler llevó Alemania a la guerra?
Si Hitler hubiera sido un capitalista, argumentan, habría frenado el rearme y el gasto social para equilibrar los presupuestos. En lugar de eso, siguió endeudándose hasta la bancarrota y eligió la huida hacia adelante. La explicación oficial —que estaba loco— no satisface a los críticos. Para ellos, la clave está en la teoría de la contracción de los mercados: Alemania necesitaba espacio vital para ser autosuficiente. Nunca se menciona que otros países europeos sin colonias, como Noruega o Suecia, prosperaron en el siglo XIX sin necesidad de conquistas. Pero Hitler estaba convencido de que la guerra era inevitable.
El debate sobre la naturaleza del fascismo
La discusión se extiende al fascismo italiano y al franquismo. Mussolini era socialista antes de ser fascista; Franco, en cambio, era un pragmático que dejaba la economía en manos de técnicos. Algunos participantes sostienen que el fascismo es socialismo al 70% más un carácter nacional, mientras que el comunismo sería socialismo al 100% con vocación internacional. Otros rechazan que VOX sea fascista, señalando que su programa económico es el más liberal del espectro parlamentario. La confusión de etiquetas, concluyen, es el gran problema del lenguaje político.
El origen del líder: de comunista a nacionalsocialista
Un dato poco conocido que se rescata es que Hitler fue diputado en la República Soviética de Baviera en 1918-1919 y asistió al funeral de Kurt Eisner. Hay indicios de que tuvo una fase comunista antes de virar al nacionalismo. Su superior judío durante la Primera Guerra Mundial, Hugo Gutmann, le propuso para la Cruz de Hierro de Primera Clase. Después de la guerra, Hitler trabajó como agente infiltrado en organizaciones socialistas, y fue en ese contexto donde conoció al Partido Obrero Alemán (DAP), fundado por miembros de la Sociedad Thule. La historiografía, se quejan, ignora estas conexiones porque no interesan.
La inteligencia artificial también acaba cediendo
En un giro curioso, un participante relata un debate con ChatGPT sobre el carácter socialista del nazismo. La IA, según cuenta, empezó negándolo con vehemencia, pero tras insistir y plantearle los argumentos históricos, terminó aceptando la tesis. La conclusión que extrae es irónica: «hasta una inteligencia artificial es capaz de acabar atendiendo a razones, pero un rojo subnormal no». El episodio, más allá de la anécdota, refleja hasta qué punto el tema sigue siendo tabú en el discurso público.
La discusión no se cierra. Queda la pregunta de si el nazismo fue una forma de socialismo o una ideología inclasificable. Lo que sí parece claro es que la etiqueta de «extrema derecha» aplicada a Hitler y Mussolini no encaja con su programa económico. Y que la narrativa oficial, basada en la locura del líder, deja sin explicar por qué un país arruinado se convirtió en una potencia militar en apenas seis años. El debate sigue abierto.