Feminismo residual: ¿el principio del fin de una ideología?
Apenas una veintena de países en el mundo mantienen el feminismo como política de Estado; para la mayoría de la población global, es un movimiento irrelevante o directamente hostil. Esta constatación ha abierto un debate sobre si el feminismo occidental está condenado a convertirse en un fenómeno residual, víctima de sus propias contradicciones demográficas y geopolíticas.
El peso demográfico del feminismo
La tesis central es que el feminismo, tal como se entiende en Occidente, solo tiene implantación real en una veintena de países, principalmente de Europa occidental y América del Norte. Frente a ellos, potencias como China, Rusia, la mayor parte del mundo islámico y África lo ignoran o lo rechazan. Según los análisis más crudos, eso supone que más del 70% de la población mundial vive al margen de los postulados feministas. En ese contexto, el feminismo sería una burbuja ideológica, ruidosa pero demográficamente insignificante.
Las leyes de la naturaleza y la historia
Los defensores de la extinción del feminismo apelan a dos fuerzas imbatibles: la biología y la historia. Por un lado, argumentan que las sociedades que adoptan el feminismo radical reducen su natalidad hasta el colapso, condenándose a la extinción o a ser reemplazadas por poblaciones más tradicionales. Por otro, comparan el feminismo con ideologías como el comunismo, que parecían imbatibles hasta que se desmoronaron por su propia rigidez y su divorcio de la realidad humana. La historia mostraría que las ideologías contra natura tienen fecha de caducidad.
¿Inevitable o reversible?
Frente a esta corriente, otros señalan que el feminismo está demasiado institucionalizado como para desaparecer. Las leyes, los ministerios y la propaganda han calado hondo, y aunque la ola refluye, sus efectos perdurarán décadas. Además, recuerdan que la mitad de la humanidad son mujeres, y que ninguna ideología que las ignore puede ser residual. La cuestión clave es si el feminismo actual sobrevivirá a sus propios excesos o si, como el comunismo, será reemplazado por algo menos dogmático.
El debate deja más preguntas que respuestas. Lo que parece claro es que el feminismo occidental, lejos de ser un consenso universal, es una excepción histórica y geográfica. Su futuro dependerá de si logra adaptarse a las realidades demográficas y geopolíticas, o si, como predicen los más pesimistas, será barrido por las leyes de la naturaleza y la historia. El tiempo, y las urnas, lo dirán.
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