La polémica del escaneo masivo de libros por Anthropic: ¿realidad o distopía?
La semana pasada, un vídeo destapó el llamado «Proyecto Panamá», un plan atribuido a la empresa de inteligencia artificial Anthropic para comprar, escanear y destruir libros físicos con el objetivo de entrenar sus modelos. La noticia corrió como la pólvora: redes, foros y medios se hicieron eco de una práctica que evoca a Fahrenheit 451. Pero, ¿qué hay de cierto en todo esto?
¿Qué dice la acusación?
Según el vídeo original, Anthropic estaría adquiriendo ejemplares únicos de libros antiguos –de hasta 500 y 1.000 años– para digitalizarlos y luego deshacerse del soporte físico. La acusación sugiere que, al destruir los originales, la empresa podría manipular el contenido digitalizado sin posibilidad de verificación. Se habla de un «expolio literario» y de una estrategia para eliminar pruebas de modificaciones posteriores. Esta versión ha generado una oleada de indignación, con referencias constantes a la quema de libros en la ficción.
Los hechos según la investigación
Sin embargo, un análisis más detallado desmonta buena parte del relato. Un usuario con conocimiento del proceso aclaró punto por punto: Anthropic no está comprando incunables, sino manuales técnicos y libros de texto del siglo XX y XXI, muchos de ellos descatalogados o destinados al reciclaje. La empresa adquiere un solo ejemplar de cada título, lo escanea a alta velocidad (miles de páginas por segundo) y, al terminar, el libro físico queda inservible por el propio proceso de escaneo, no por una destrucción deliberada. El resto de ejemplares del mismo libro siguen disponibles en librerías, bibliotecas y plataformas digitales como Project Gutenberg o Internet Archive.
El artículo de Xataka que recoge la polémica matiza que la práctica es legal –el escaneo para uso interno entra dentro de ciertos límites de copyright– y que no se ha presentado ninguna prueba de que Anthropic esté modificando el contenido digitalizado. Los defensores de la empresa argumentan que se trata de una estrategia para evitar demandas por propiedad intelectual: al destruir el único ejemplar que compraron, no pueden reclamar daños por copia no autorizada.
Implicaciones para el conocimiento y la censura
El debate, más allá del caso concreto, toca puntos sensibles: la fragilidad del conocimiento digital y la capacidad de las grandes tecnológicas para controlar el acceso a la información. Se apunta a que, aunque hoy los libros escaneados sean técnicos y modernos, la puerta queda abierta a futuros proyectos sobre fondos históricos. La censura no necesita destruir todas las copias; basta con controlar la versión digital que consulta la mayoría. La ironía es que la propia herramienta que promete democratizar el saber –la IA– pueda terminar secuestrando las fuentes originales.
De momento, la controversia sigue abierta. Mientras unos ven una maniobra lógica de una empresa que necesita datos, otros perciben el primer paso hacia un control total del patrimonio intelectual. Lo único seguro es que la desconfianza hacia las grandes tecnológicas no hará sino crecer.