Gaslighting político: todos acusan, nadie convence
Gaslighting es el comodín de moda en la política española. Un sector sostiene que existe un aparato gigantesco —sistema educativo, medios, bots y fanáticos— diseñado para imponer una narrativa. Y lo curioso es que quienes denuncian el truco usan exactamente el mismo método contra sus adversarios.
¿Anglicismo o herramienta de análisis?
La expresión no es nueva. Aquí se ha dicho toda la vida «luz de gas», y el préstamo del inglés no aporta gran cosa salvo la ilusión de sofisticación. Lo que sí ha cambiado es la escala: jamás plataformas tan masivas de comunicación estuvieron tan controladas por un relato único.
El aparato gigantesco: ¿teoría conspirativa o diagnóstico?
Que el poder construya realidad a su antojo es tesis clásica. El problema es que la acusación se lanza en todas direcciones: la supuesta «internacional reaccionaria» tendría su espejo en la maquinaria progresista. Si todos manipulan, el concepto se vacía.
A este paso, el gaslighting dejará de significar algo. O quizá, como algunos apuntan, esa sea precisamente la intención: desgastar el lenguaje hasta que ya no sirva para nombrar la realidad. Si es así, la estrategia funciona.