Las salidas no paran de acelerarse y 1 de cada 5 ciudadanos contempla esta posibilidad. Un nuevo libro superventas
El 21% de los jóvenes alemanes de entre 14 y 29 años está haciendo planes concretos para abandonar Alemania. Un 41% reconoce que podría terminar haciéndolo. Incluso entre el conjunto de la población, 1 de cada 5 ciudadanos contempla la posibilidad de emigrar. Por supuesto, no todos los que dicen estar pensando en emigrar terminan marchándose, pero muchos sí lo hacen, y su número va en aumento.
En 2024, 269.986 alemanes abandonaron el país. Desde hace años, la cifra se mantiene estable, ligeramente por encima del cuarto de millón anual. No se trata de un fenómeno nuevo: entre los ciudadanos alemanes, el saldo migratorio neto lleva más de dos décadas siendo negativo. En otras palabras, de forma sostenida salen del país muchos más alemanes de los que regresan. En 2024, la pérdida neta fue de 81.000 personas y, el año pasado, de 97.000.
La fuga de talento
Lo preocupante es que quienes se marchan son, en su inmensa mayoría, personas altamente cualificadas: el 75% tiene un título universitario. Alexander Steffen escribe en su libro Goodbye Deutschland que quienes se van "son los más cualificados, quienes dominan idiomas, quienes tienen alternativas, quienes son necesarios en otros lugares y no dependen de Alemania". Y no se trata únicamente de quienes emigran realmente, sino también de aquellos que ya han desconectado mentalmente del país: "cuando son precisamente estas personas las que dimiten mentalmente, no se trata de un defecto de carácter por su parte... Es el precio que paga un país por haber creído durante demasiado tiempo que podía exprimir a quienes rinden, dándoles lecciones sobre su libertad y contemplando su éxito con recelo y sin pensar que siempre pagarían la factura".Steffen no defiende esta salida y escribe expresamente que quiere quedarse en Alemania porque ama a su país, pero advierte de las consecuencias de que entren cada vez más personas con poca o ninguna cualificación mientras se marchan cada vez más personas altamente cualificadas. Está a favor de la inmi gración, pero siempre que sea cualificada: "Alemania no tiene un problema con la cantidad de inmi gración; tiene un problema con su calidad. Con demasiada frecuencia mantiene y sostiene económicamente a personas que suponen una carga para el sistema, mientras pierde o expulsa a personas que harían más fuerte al país".
El autor entrevista a muchas personas —sobre todo jóvenes— que han emigrado o que se plantean seriamente hacerlo. Para él, los motivos que éstos ofrecen para explicar su salida son un claro indicador de lo que está funcionando mal en nuestro país. En una frase: "en otros lugares, el éxito es una invitación; aquí, es motivo de sospecha".
En efecto, los alemanes sienten una especial envidia hacia las personas ricas y exitosas. Así lo demuestra también una encuesta que coordiné en en 13 países, según la cual la envidia social es mayor en Alemania que en casi cualquier otro país. De acuerdo con la encuesta de Ipsos MORI, únicamente Francia registra un nivel superior. En Polonia, por ejemplo, un país muy dinámico y de rápido crecimiento, la envidia es mucho menor.
Los motivos para marcharse
¿Qué mueve a los jóvenes a hacer las maletas? La queja fundamental es que el Estado les exige mucho y les quita mucho, ofreciendo cada vez menos a cambio. Florian tiene 33 años, es de Hamburgo y trabajaba en la empresa de su familia. Ahora planea mudarse a Doha: "viene de los sectores químico y de la construcción, un mundo en el que las regulaciones, los requisitos de etiquetado, las normas de responsabilidad y las cadenas de suministro determinan la jornada laboral. Cuando me dijo que en Alemania se sentía tratado como a un delincuente, no lo hizo con tono enfadado, sino más bien agotado". La gota que colmó el vaso fue una cuantiosa multa que hubo de desembolsar cuando uno de sus 5.000 productos resultó está mal etiquetado debido a un error de impresión completamente irrelevante: "un Estado que castiga un pequeño error con más dureza de la que nunca recompensa el éxito tiene los incentivos completamente al revés".Tobias llegó a Suiza a hacer unas prácticas y se quedó. Trabaja cinco horas más a la semana, pero su salario neto es el doble y, además, su empleador le costea el alquiler de la vivienda. Pero, para él, al igual que para las demás personas entrevistadas por Steffen, no se trata principalmente de cifras como estas, sino sobre todo de una sensación: "trabajar allí es, sencillamente, más agradable", afirma, porque percibe "mucho más reconocimiento no solo por parte de su empleador, sino del conjunto de la sociedad". Alemania, en cambio, "no es un país que asociaría precisamente con esa palabra".
Jan tiene 38 años, procede de Baviera y ahora vive en Bulgaria, donde la carga fiscal ronda el 10%: "la fiscalidad influye, pero, al final, profesionales como Jan no huyeron por encima de todo de los altos impuestos, sino que actuaron movidos por la profunda desconfianza que entra en juego casi automáticamente en Alemania cada vez que alguien tiene la osadía de construir algo propio. La factura fiscal era únicamente la manifestación tangible de una sensación de alienación que, en realidad, llevaba mucho tiempo presente".
El precedente sueco
Esto me recuerda a la Suecia de las décadas de 1960 y 1970, cuando no solo la carga fiscal se volvió insoportable, sino que también se extendió la envidia hacia los empresarios y las personas adineradas. El escritor alemán Hans Magnus Enzensberger escribió entonces sobre Suecia: "en una sociedad así, parece que los ricos tienen poco de qué reírse. ¡Si al menos fueran solo los impuestos! Como ciudadanos respetables, están dispuestos a pagarlos puntualmente, aunque sea de mala gana, pero lo que más les duele es el hecho de que nadie siente la menor simpatía por su situación". Suecia, escribió Enzensberger, se había convertido en un país en el que los ricos se sentían "superfluos, despreciados y excluidos".Las conversaciones de Steffen con autónomos y pequeños empresarios pueden resumirse así: "no fracasaron porque un formulario fuera demasiado largo, sino porque sentían que el Estado los trataba como adversarios en lugar de como a las personas que contribuyen a financiar todo el sistema". Llega un momento en que la gente deja de luchar contra esa sensación y empieza a buscar alternativas.
Un tenista de éxito que ahora vive en Estados Unidos afirma: "en Estados Unidos experimenté por primera vez que el éxito no es algo de lo que haya que avergonzarse. En Alemania, la gente enseguida pregunta si quizá estás queriendo demasiado. En Estados Unidos, es más probable que te pregunten hasta dónde quieres llegar".
Puedo confirmar por experiencia propia lo que escribe Steffen. Un amigo mío, alemán de origen turco muy bien integrado y altamente cualificado, se mudó a Suiza hace una semana. ¿El motivo? Quiere crear otra empresa y ya no se imagina haciéndolo en Alemania. Y otro buen amigo mío, un inversor extremadamente exitoso y rico, lleva ya varios años viviendo en Abu Dabi. "No me fui por los impuestos", afirma, "me fui por la envidia".
