El timbre a todo volumen y la llamada que nadie coge
El móvil suena a todo volumen y su dueña tarda en cogerlo. Lo busca en el bolso, encuentra el aparato, mira la pantalla y descuelga. Pasan varios segundos y, según el relato inicial, al otro lado no había ninguna urgencia. Otro participante señala que los menores de 50 se niegan a coger llamadas. Dos formas de convivir con el mismo cacharro.
¿Por qué los mayores dejan sonar el móvil hasta que alguien les grita?
El patrón que describe el mensaje inicial incluye tono estridente, volumen al máximo y una búsqueda lenta. Entre los timbres citados aparecen el himno de la Legión y el de España, e incluso el grito de Tarzán, que provoca carcajadas ajenas cuando suena en público.
Hay un matiz: según el mensaje que abre el hilo, la llamada nunca es urgente. Uno de los ejemplos que se citan son conversaciones para contar que las vacaciones van bien o que llevan tres días sin parar, pronunciadas a gritos, como si el auricular necesitara ayuda para llegar al otro lado.
Los menores de 50 que no cogen el teléfono
La paradoja la señalaba una respuesta del hilo: quienes se niegan a hablar por teléfono no son los mayores, son los de menos de 50.
Un participante apunta la costumbre de avisar por WhatsApp antes de marcar:
¿Te puedo llamar? Antes de que suene el tono.
Vídeos sin auriculares y videollamadas en la terraza
El conflicto no es solo de llamadas. En la barra de un bar hay quien reproduce un vídeo reenviado sin auriculares, ajeno a que está inundando de sonido a los clientes de al lado. Otros reenvían lo mismo a todos sus grupos, como las cadenas de correo que circulaban hace veinte años.
El colmo es la videollamada en el restaurante para enseñar lo que se está cenando. Según quien lo relata, se oye al interlocutor con un sonido metálico y la conversación rebota en la fachada de enfrente.
Sonido de teclas y contraseñas de cinco cifras
Queda el detalle doméstico: el
clic de cada tecla al escribir. Y su reverso: un participante defiende la cancelación de sonidos del terminal —llamadas, notificaciones, teclado y vibración— para que el móvil obedezca en lugar de mandar.
En medio de todo eso, se mencionan aparatos protegidos con la contraseña
12345 y teléfonos que marcan números solos desde el bolsillo, hasta que llama alguien y descubre que su contacto está de compras.
La pregunta que queda es otra: ¿quién tendría que cambiar, el que grita al teléfono o el que ya no lo coge?