El hombre occidental que se convierte al Islam busca un contrato, no un amor
Un artículo firmado por el psicólogo Fernando Pérez del Río y difundido por un gabinete de Burgos sostiene que la conversión de varones occidentales al Islam responde a variables psicológicas concretas: el desprestigio social del varón, el exceso de libertad y la ausencia de un marco relacional claro. La tesis, que ha circulado con fuerza en redes, no habla de fe. Habla de
contratos matrimoniales, de roles definidos y de una promesa muy concreta: que incluso el hombre sin habilidades sociales, sin belleza y sin capacidad de seducción tendrá esposa.
El texto compara dos modelos. En el occidental, el varón compite, corteja y fracasa; el porcentaje de matrimonios que se declaran felices y enamorados roza el
80% en España, pero un número considerable de hombres se queda fuera del reparto por motivos que el artículo califica de infinitos. En el islámico, se firma un contrato con testigos, a veces por mediación familiar, y se asigna esposa. El amor, admite el texto, no es el eje:
un gran número de parejas simple y llanamente no se quieren, pero a cambio hay lealtad, hijos y un rol masculino respetado.
Qué variables psicológicas menciona el artículo
El autor enumera varias. La primera es la criminalización del varón: describe el escenario de una mujer que muestra un rasguño y culpa al marido sin testigos, con orden de alejamiento, calabozo y pérdida de acceso a los hijos. La segunda es el relativismo cultural y el individualismo heredado, según su lectura, de una ideología cautiva del luteranismo. La tercera es la soledad: menos hijos, menos vínculos, más yo.
Frente a eso, el Islam ofrece, siempre según esta tesis, un marco nítido de lo permitido y lo prohibido que elimina la angustia de la relación líquida. El converso no buscaría libertad. Buscaría seguridad.
El contrato matrimonial islámico: cómo funciona según el texto
El artículo describe el mecanismo sin adornos. El contrato se formaliza con testigos. A veces los cónyuges se eligen mutuamente; en otras ocasiones la
familia asigna y punto. No existe el noviazgo tal como se entiende en Occidente, y por tanto desaparece el periodo de prueba, error y gasto que consume años en el mercado afectivo occidental.
De ahí se derivan, según el autor, varios efectos: los hombres cooperan en lugar de competir, las mujeres pierden el poder de la hipergamia, y ambos sexos operan dentro de un marco predecible y aceptado socialmente. El texto lo presenta como eficiencia relacional. La brecha de curiosidad está en el detalle: el artículo desarrolla partida a partida cómo se reparte el rol, la autoridad y la descendencia dentro de ese contrato, y merece leerse entero antes de opinar.
La respuesta del entorno: del dato demográfico al rechazo frontal
El texto cierra con una predicción: hacia
2070, la primera religión de Francia por fieles practicantes será la musulmana, y atribuye el error a la cosmovisión francesa que creyó que los ideales de la Ilustración absorberían a la población llegada del Magreb. Es la parte que más ha circulado.
La recepción ha sido desigual. Hay quienes sostienen que el Islam avanza sobre todo por demografía y que las conversiones son ínfimas en comparación. Otros apuntan a un problema estructural: la no separación entre poder político y religioso, con el argumento de que si una élite detenta la verdad revelada, el resto no necesita alfabetizarse. Y una tercera corriente, más dura, rechaza de plano el marco: se argumenta que la sharia otorga menos derechos a los no musulmanes y que muchos conversos abandonan al descubrir esa parte.
El perfil del converso: ¿fe o rendimiento relacional?
Aquí está el nudo. Una parte del análisis reduce la conversión a una operación de rendimiento: acceder a sexualidad y a estatus marital sin pasar por el filtro del cortejo. Otra la lee como búsqueda genuina de comunidad, propósito y fraternidad en un entorno donde el varón compite hasta por el saludo.
El propio autor del artículo no oculta el componente utilitario. Escribe que el converso desea más la seguridad y un marco estable que la libertad. Si eso es fe o es contrato, lo decide el lector.
Con estos mimbres, la conversión masculina al Islam tiene pinta de seguir creciendo en los márgenes del mercado afectivo occidental. O de quedarse en anécdota sociológica. Los datos de aquí a 2070 dirán quién acertó.