El Mundial no salvó al fútbol femenino: el negocio sigue vacío
El Mundial de 2023 se vendió como un punto de inflexión para el fútbol femenino español. Tres años después de la consecución del título en Australia, el panorama es casi idéntico al de un lustro atrás: la liga no tiene televisión que emita sus partidos, las audiencias son pobres y los estadios, semivacíos. La paradoja tiene forma económica: un éxito deportivo que no ha generado ninguna demanda sostenible.
El mercado no sigue al trofeo
Los números no engañan. Las entradas para una final del Mundial femenino partían de 30 euros, el precio de un partido de Segunda División masculina, y ni así se llenaron las gradas. En los campos de la liga regular la asistencia se cuenta por centenares, en muchos casos con familiares como único público. Frente a eso, una final del Mundial masculino se mueve en miles de euros por localidad y con una demanda que multiplica por diez la capacidad del estadio.
El «piquito» que lo cambió todo
El gran factor que explica el apagón no es deportivo, sino político. El beso de Rubiales a la jugadora tras la final, y el ruido institucional que vino después, convirtieron un hito deportivo en un campo de batalla. Un sector sostiene que el público que se había asomado durante el Mundial salió espantado del ruido y no volvió. Otro cree que el problema venía de antes, con una federación cuya gestión ya era muy discutida. Lo cierto es que el «efecto Mundial» se evaporó en semanas.
Subvención, mercado y comparaciones incómodas
La lectura económica de fondo tiene una única ecuación: sin audiencia no hay patrocinio, y sin patrocinio no hay salarios ni mejora del producto. Los datos de otras disciplinas hacen la comparación incómoda: la final de la Copa de Europa femenina reunió cuatro millones de espectadores, mientras que la pelea por el bronce de España en balonmano masculino se quedó en unos 400.000. Y, pese a ello, el balonmano recibe más subvenciones que el fútbol femenino. La conclusión que se abre camino: no es que no haya público, es que se ha pretendido vender un producto de élite con una demanda de segunda regional.
Queda una pregunta para los gestores: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un fútbol profesional financiado con dinero público cuando el mercado, ese mecanismo tan invocado cuando conviene, no acompaña? Tres años después del Mundial, la respuesta sigue sin aparecer.