Putin no ha lanzado ninguna bomba, pero la economía europea ya descuenta el pulso nuclear. La información difundida por Bloomberg sobre un Kremlin que estudia intensificar los ataques con misiles balísticos en Ucrania ha reavivado un debate que parecía enterrado: la posibilidad, cada vez menos descartada, de que Moscú recurra a armamento nuclear táctico.
La credibilidad de la amenaza nuclear
Hay dos lecturas frente a frente. Una sostiene que el discurso nuclear ruso es táctica de negociación, que nadie gana nada con un apestado mundial y que el precedente de Hiroshima y Nagasaki responde a una época en la que no existía la disuasión mutua. La otra recuerda que, hasta ahora, echar mano del arma atómica solo lo ha hecho una potencia que iba ganando la guerra, y que Putin ya ha declarado como suyos territorios ucranianos que nadie le reconoce. El margen de error, en este escenario, no admite cálculos optimistas.
La factura económica de un conflicto nuclearizado
Mientras tanto, la guerra económica no da tregua. Más de cien países han dejado de comerciar con Rusia; las sanciones han reducido el comercio exterior ruso a una fracción, pero el país sigue ingresando por petróleo y gas. El problema es que Europa paga gran parte de esa factura. La discusión sobre la ruptura con China refleja el callejón sin salida: cortar el comercio con Pekín tendría un coste inmediato para la UE, pero seguir como si nada equivale a financiar al bloque que sostiene a Moscú. La deslocalización industrial y la dependencia energética se han convertido en armas de doble filo.
Las sanciones ya han conseguido que medio planeta deje de comerciar con Moscú, pero la factura energética y la inflación golpean con más fuerza a las economías europeas. Mientras Rusia redirige sus exportaciones hacia Asia, la UE se enfrenta a un dilema: asfixiar a su enemigo o asfixiarse a sí misma. La guerra comercial con China, añadida a la de Ucrania, convierte cualquier arancel en un boomerang.
El tablero diplomático se mueve
En paralelo, la visita del director de la CIA a Moscú y el viaje del número dos del Pentágono a Bruselas sugieren que la inteligencia estadounidense detecta algo más que humo. Funcionarios rusos han amenazado con intensificar los bombardeos sobre Kiev y han advertido a los funcionarios occidentales que abandonen la capital ucraniana. Cuando los servicios de inteligencia se desplazan a este nivel, el margen para el error se estrecha.
Nadie sabe si Putin llegará a cruzar la línea. Lo que sí está descontado es el precio: la incertidumbre nuclear ya cotiza en la economía europea, y no hay arancel que lo cubra. Si el Kremlin decide cruzar la línea, la reacción económica será inmediata y brutal. Pero mientras tanto, lo más probable es que la disuasión mutua siga funcionando. El problema es que la disuasión nunca es un pacto, es un cálculo, y los cálculos se equivocan.