«Dios, la ciencia, las pruebas»: el ensayo que agita Francia
Un libro que promete argumentos científicos para creer en Dios ha vendido 220.000 ejemplares en Francia, un país que presume de laicismo. Lo firman dos ingenieros y empresarios: Michel-Yves Bolloré, que llegó a dirigir el grupo industrial familiar, y Olivier Bonnassies, teólogo y fundador de la web católica Aleteia, que en su juventud fue ateo. El volumen, «Dios - La ciencia - Las pruebas», acumula doscientas conferencias, debates televisados y portadas, y su traducción llega ahora a España de la mano de la editorial Funambulista. La entrevista de presentación se publicó el 6 de octubre de 2023.
El punto de partida no es la fe, sino los descubrimientos del siglo XX. Sus autores sostienen que la cosmología moderna, la física y la biología han dejado de encajar con un universo puramente mecanicista. En palabras de Bolloré, esos avances «han hecho necesaria la existencia de un creador para explicar el universo». El éxito editorial, medido en cifras redondas y no en sermones, ha reabierto una discusión que muchos daban por cerrada.
Qué defiende el libro y por qué vende tanto
Los propios autores rebajan el tono cuando se les aprieta. Reconocen que no ofrecen una «demostración científica o matemática definitiva» de la existencia de Dios, sino un conjunto de «indicios entrelazados» para que el lector se forme una opinión. La palabra prueba, aclaran, se usa en sentido amplio, «como lo haría un abogado presentando evidencias ante un tribunal». La decisión final de creer o no, insisten, recae en quien lee.
La distinción importa, y el libro la subraya: conocer que Dios existe no es lo mismo que tener fe en Él. Se puede admitir la existencia de un creador sin adherirse a nada, argumentan, porque la fe es un acto de adhesión libre. Ese matiz les ha granjeado lectores fuera del catolicismo, también judíos, musulmanes y agnósticos, según su relato.
El aval más repetido es el prólogo. Lo firma
Robert Wilson, premio Nobel de Física que descubrió el eco del Big Bang y que, según los autores, es agnóstico. Que un científico de ese calibre no se rasgue las vestiduras ante la tesis del libro se presenta como el mejor aval comercial. El aval del Nobel funciona como sello y como escudo frente a las críticas más duras.
El argumento cosmológico, de Santo Tomás al Big Bang
El armazón intelectual no es nuevo. Se apoya en el viejo argumento cosmológico: todo efecto tiene una causa, luego el universo necesita una causa primera. Lo que cambia, defienden, es el envoltorio: la teoría del Big Bang sugiere que el universo tuvo un origen y, por tanto, una causa; el principio antrópico insiste en que sus constantes están finamente ajustadas para permitir la vida; la ley de causalidad apunta a un primer motor. En el debate aparece también la complejidad irreducible, la idea de que ciertos sistemas biológicos no se explican por procesos naturales paso a paso.
Sobre esa base se despliega una cascada de deducciones. En el debate se sostiene que, si el universo fue creado hace unos
13.700 millones de años y camina hacia un final por la termodinámica, su creador no puede formar parte de lo creado. Al ser inmaterial, sería atemporal y, por tanto, eterno. El tiempo, insisten, es una cualidad de lo creado, no del creador.
Aquí se abre una grieta que el libro no cierra del todo: si Dios es eterno y no necesita causa, ¿por qué el universo sí la necesita? La respuesta, repetida en mil variantes, es que son dos categorías distintas. El universo es contingente, podría no haber existido. Dios, por definición, no. Quien no acepte esa asimetría se queda fuera del argumento, y eso es exactamente lo que ocurre en la discusión pública.
¿Quién creó a Dios? La objeción que no muere
La pregunta más repetida tiene nombre y apellido. Fue Bertrand Russell quien, siendo adolescente, trató de dinamitar el argumento cosmológico con una frase sencilla: si todo necesita un creador, ¿quién creó a Dios? La respuesta clásica es que la cadena se corta porque Dios es eterno, sin principio ni fin, y no precisa ser creado. Pero la objeción reaparece en cada esquina del debate, casi siempre con el mismo envoltorio: si el universo puede ser eterno, ¿por qué Dios no, y al revés?
Hay quien da la vuelta al razonamiento y sostiene que el universo simplemente siempre ha estado ahí, sin creador ni diseño, y que postular un ser fuera del tiempo es multiplicar los entes sin necesidad. Frente a eso, la otra trinchera replica que descartar el universo mecánico por insuficiente y, en su lugar, colocar un milagro donde falta la explicación es un juego tramposo: un comodín que se saca cuando conviene.
La discusión se enreda en el terreno de lo verificable. Una corriente insiste en que no existen pruebas propiamente científicas, solo hechos observados, y que mezclar indicios con evidencias es un abuso del lenguaje. Otra responde que la física de partículas ya roza la metafísica y que la frontera entre lo material y lo trascedente se ha vuelto borrosa. Dos maneras de mirar lo mismo, sin árbitro posible.
La trinchera metafísica: el cristianismo como religión del logos
El flanco más ambicioso del ensayo se juega en el terreno filosófico. En el debate se defiende que el cristianismo es la única religión plenamente compatible con la razón griega, con el logos, y que Tomás de Aquino sería el mayor genio de la historia de las ideas por haber fundido fe y pensamiento racional. En esa lectura, la ciencia no solo no contradice a Dios: lo exige.
No todos compran el paquete. Una parte del público sostiene que la religión funcionó históricamente como herramienta de cohesión y de control social en sociedades mayoritariamente analfabetas, y que comparar la moral religiosa con un mecanismo para asustar a los desobedientes es quedarse corto. Otra corriente, más templada, defiende que el agnosticismo es una posición honesta y que el ateísmo militante peca de la misma soberbia que reprocha a los creyentes.
El propio libro se sitúa en un término medio incómodo. Bolloré resume su diagnóstico con una frase que ha corrido más que muchas páginas: los dos males de la época serían «los fundamentalistas, que niegan los hallazgos científicos, y los materialistas, que rechazan sus implicaciones». Un equilibrio que, sospechosamente, deja al libro en el centro de la diana.
Una Francia partida al 50% y un negocio editorial
El fenómeno no se explica sin el contexto. Francia aparece dividida casi al
50% entre creyentes y no creyentes, y esa fractura atraviesa familias, ciudades y empresas. En muchas casas, hablar de Dios era tabú, casi como hablar de política. El libro ha servido para reabrir esa conversación: hay quien lo regala a familiares que no creen, no para convertirlos, sino para debatir.
Detrás del ruido hay un negocio evidente. 220.000 ejemplares, 200 conferencias y portadas televisadas convierten un ensayo metafísico en un superventas. No es habitual que un texto sobre cosmología y causalidad se cuele en las listas, y menos en un país que presume de laicismo. La polémica ha despertado adhesiones entusiastas y críticas feroces.
En paralelo circulan cálculos sobre el supuesto azar que habría dado lugar a la vida, comparaciones estadísticas con acertar la lotería varias veces seguidas que se repiten en foros y debates. El desarrollo completo de esas cuentas, con sus supuestos, es lo que separa el titular llamativo del argumento serio. Quien quiera el detalle, tendrá que bucear en él.
La conclusión de los autores es modesta en la forma y enorme en el fondo: la ciencia no puede descartar la existencia de Dios. De ahí a probarla hay un trecho que ni el libro ni sus críticos recorren entero. Queda la duda razonable, en un sentido y en el otro, y una pregunta que sigue sin respuesta: si la ciencia no puede demostrar a Dios, ¿por qué se le sigue pidiendo que lo haga?