La historia de Berritxu, el loro que hablaba y conquistó las redes
¿Qué hizo que un loro yaco de San Sebastián se convirtiera en un fenómeno viral y luego desapareciera en un árbol de Igueldo? La respuesta tiene que ver con años de cría artesanal, un vínculo casi humano con su dueña y un entorno urbano hostil para un animal de jaula.
El pasado mes de mayo, un loro yaco (Psittacus erithacus) llamado Berritxu escapó de su hogar en Donostia. La noticia corrió como la pólvora en redes sociales y medios locales porque el animal no era un loro cualquiera. Su dueña, una mujer conocida como Txaro, había pasado años educándolo a mano, logrando un nivel de comunicación verbal poco común. Según los aficionados a la ornitología, un loro criado con impronta –alimentado desde polluelo y socializado intensivamente durante dos meses– puede multiplicar su valor emocional y económico respecto a los ejemplares de criadero estándar, que rondan los 700 euros. Berritxu, para sus seguidores, era único.
El valor real de un loro educado
El mercado de loros habladores tiene sus propias reglas. Los pollos de criadero sin impronta suelen ser asustadizos y agresivos; el trabajo de meses de atención constante les da una confianza que se traduce en capacidad de imitación y sociabilidad. En el caso de Berritxu, su dueña no solo le enseñó palabras, sino frases y contextos –incluidas las famosas menciones a «el señor» y a «Charo»– que provocaban hilaridad en quienes lo escuchaban. Ese trabajo no tiene precio de catálogo, pero sí un coste de oportunidad: quienes entienden de psitácidas calculan que un animal así puede alcanzar varios miles de euros en el mercado especializado.
Pero el valor sentimental es el que realmente importa. La dueña describía a Berritxu como un miembro de la familia, y su pérdida generó una ola de solidaridad en la red. Sin embargo, algunos expertos advierten: un loro criado en interior, acostumbrado a volar solo en espacios reducidos, carece de las habilidades de supervivencia necesarias para enfrentarse a la calle. Gatos, coches, aves rapaces y la falta de referencias para regresar lo convierten en presa fácil.
Primera fuga: esperanza y redes sociales
Cuando Berritxu escapó la primera vez, la movilización fue intensa. Se compartieron carteles, vídeos y llamamientos en TikTok. Los vecinos de Igueldo y alrededores colaboraron en la búsqueda. La noticia llegó incluso a medios como Noticias de Gipuzkoa y Diario Vasco. Finalmente, el loro fue avistado posado en un árbol en el barrio de Igueldo. La dueña, aliviada, logró recuperarlo. Pero la historia no terminó ahí.
Segundo escape: el desenlace fatal
Pocos días después, Berritxu volvió a escapar. Esta vez no hubo final feliz. Testigos lo vieron en un árbol, pero antes de que pudieran rescatarlo, un ave rapaz –probablemente un halcón o una gaviota– se lo llevó. Los debates entre los conocedores del mundo de las aves señalaron que un loro torpe, sin experiencia en el medio natural, tiene pocas opciones frente a un depredador aéreo. La dueña, destrozada, confirmó que el animal había desaparecido definitivamente.
El caso paralelo de Kiko: expropiación administrativa
En medio de la discusión sobre la pérdida de Berritxu, saltó a la palestra el caso de Kiko, un loro gris propiedad de una jubilada de 75 años que el Gobierno le había «expropiado» –según la versión de la afectada– obligándola a pagar los gastos de su cuidado a pesar de habérselo retirado. La historia, que circuló en algunos medios el 4 de noviembre de 2025, añadió un componente burocrático al debate: ¿hasta dónde llega el derecho a tener mascotas exóticas con documentación CITES?
Lecciones de una desaparición
La trágica historia de Berritxu sirve como recordatorio de que los animales salvajes criados en cautividad no son juguetes. Su inteligencia y su capacidad de imitación los convierten en compañeros fascinantes, pero también en seres vulnerables fuera de su entorno controlado. La dueña invirtió años en enseñarle; el entorno le negó segundos para sobrevivir. Como ironizó un observador: «El loro se fue a por tabaco y no volvió». Solo que esta vez no había vuelta.