Vuelta al trabajo del lunes: 6.000 contagios diarios y cero mascarillas
¿Se puede reabrir la economía con 6.000 contagios diarios y sin mascarillas en el metro? Esa fue la pregunta que recorrió España en abril de 2020, cuando el fin del permiso retribuido recuperable devolvió al lunes a millones de trabajadores de sectores no esenciales. Los cercanías vuelven a llenarse. La duda no es menor: la paralización de la actividad no esencial se decretó, se acató y se levantó con más prisa que datos. El resultado se verá en dos semanas, cuando la curva hable.
Por qué se vuelve a trabajar el lunes sin test ni equipos de protección
El argumento administrativo se impuso al sanitario. A muchas empresas no les habían autorizado el ERTE porque su actividad no figuraba entre las prohibidas, y el permiso retribuido del que ahora se sale no permitía compensar con vacaciones, que en ese contexto son ilegales. El lunes empiezan a contar los sueldos y las cotizaciones, con la plantilla operando al 10% de su capacidad real, el comercio cerrado y las multas por salir a la calle todavía vigentes. Las mascarillas, sencillamente, no estaban: su ausencia constituye falta grave según la normativa de prevención de riesgos laborales.
Sin clientes no hay reapertura que salve el trimestre
El frenazo de la demanda desmonta la prisa. Aunque las persianas suban, el consumo se reduce a lo básico, y lo básico no sostiene un tejido comercial montado sobre el gasto discrecional. Las tiendas de ropa son el caso evidente: la ropa es un bien básico en teoría y no venderán apenas nada durante meses. El efecto dominó se extiende a hostelería, turismo y servicios, con ingresos por debajo de los costes fijos desde el primer día de apertura. El comercio no reabre porque haya clientes, sino porque el calendario de nóminas no espera.
Las tasas de mortalidad que cada parte estira a su favor
Un mes de encierro y los contagios seguían creciendo, así que la comparación internacional se convirtió en campo de batalla. El crucero Diamond Princess, foco temprano de la enfermedad, dejó 712 casos y 12 fallecidos, un 1,6% de mortalidad, con más del 1% incluso en una población donde el 80% de la tripulación superaba los 60 años. Con esas cifras, hay quien sostiene que el virus mata al 0,1% de los habitantes y que el pánico hace más daño que el patógeno. Enfrente aparece el dato de contexto: en España mueren 1.200 personas al día por cualquier causa, y el acumulado ya iba por 35.000, y subiendo. El desglose japonés, con sus series por edad, admite más de una lectura antes de sacar conclusiones.
¿Por qué no se obligó a llevar mascarillas desde febrero?
Porque nadie lo firmó a tiempo, y ese es el reproche que más se repite. La hipótesis que circula es sencilla: Japón, Corea del Sur y la República Checa acudieron al trabajo con mascarilla y mantuvieron los contagios a raya sin dinamitar su economía. La cronología oficial se sostiene mejor en otro aviso: la Organización Mundial de la Salud alertó de que levantar las cuarentenas demasiado rápido puede llevar a un resurgimiento mortal. El lunes es, literalmente, levantar la cuarentena.
Cuarentena, anticuerpos y la sombra de la gripe de 1918
La gripe de 1918 tardó tres años en desaparecer. Si se espera a la erradicación mundial del virus para salir de casa, el hambre llega antes. Ese planteamiento, defendido con más frialdad de la que sugiere el tono general, sostiene que el confinamiento solo sirvió para escalonar ingresos y ganar tiempo para comprar material, y que ni eso: la suspensión de la actividad no esencial de abril hizo más que la de marzo. La única salida real, dice esa línea, es enfermar, generar anticuerpos y seguir adelante, con mascarillas para ralentizar los contagios. Los escenarios más duros pronostican una segunda oleada en mayo con 3.000 o 4.000 muertes diarias, peor que la primera.
Quién presiona para reabrir y quién cobrará el relato
Debajo del debate sanitario hay una pelea por la autoría del desastre. Una parte del análisis sostiene que los sectores económicos y buena parte de la oposición empujaron para levantar el confinamiento sin que existieran clientes que justificaran la prisa, y que cuando llegue la recaída el Gobierno podrá señalar a quienes presionaron. Otra lectura invierte el orden: el Ejecutivo busca en la reapertura un modo de descargar su propia gestión. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, que es lo incómodo.
Si el lunes sale bien, nadie se acordará de quién eligió la fecha. Si sale mal, todos tendrán preparada su parte del relato. Entretanto, el metro a las siete de la mañana, con la mitad de los asientos precintados y la otra mitad ocupada por gente que no tiene más remedio, será el único dato que no admite interpretación.