El mango, la fruta superior que se atraganta con su propio hueso
Hay frutas que se conforman con ser un acompañamiento. El mango no. En la cesta de la compra de los últimos días, el mango se ha ganado un puesto de honor. Su sabor, su precio y su versatilidad en la cocina lo colocan por delante de la competencia. Pero tiene una rémora estructural: el hueso, que supone el 80% de su peso, lastra su trono.
El argumento principal de sus defensores es sencillo: el mango sabe mejor cuanto más cerca del hueso. Esa zona central, dulce y ácida a la vez, tiene textura de helado y un punto de acidez que lo hace adictivo. En España se produce y se vende a 1,50 euros la unidad, un precio que, para lo que ofrece, se considera barato.
El problema es su anatomía. El hueso ocupa la mayor parte del fruto, y las variedades sin hueso que han ido apareciendo no terminan de despegar. Si fueran realmente viables, toda la costa mediterránea estaría plantada de mangos. Que no lo esté sugiere que algo falla: más enfermedades, peor sabor o simple humo comercial.
Pelarlo tampoco es un paseo. La elección del punto de madurez es todo un arte: cuanto menos rojo, más perfumado y ácido; los mangos más rojos son más dulces y menos aromáticos. Eso sí, quien domina el pelapapas le pierde el miedo, y el resultado entra en ensaladas o incluso en un fish and chips con salsa de mango.
El mango ha ganado la batalla del paladar, pero sigue perdiendo la de la practicidad. Mientras el hueso siga siendo un lastre del 80%, habrá quien prefiera frutas más fáciles. Pero nadie que haya probado un mango en su punto discute su superioridad.