Ni por dos duros ni por veinte: el marisco gallego encarece y escasea
El marisco gallego nunca fue para pobres, pero hubo un tiempo en que un veraneante podía darse un homenaje sin arruinarse. Ese tiempo ha muerto. En pleno agosto de 2026, la industria del marisqueo afronta una tormenta perfecta: mortalidades históricas tras un invierno de borrascas, falta de mano de obra y una presión turística que dispara la demanda. Las almejas y los berberechos escasean, y los precios se han ido por las nubes.
Una crisis que no es solo un mal verano
El artículo de El Mundo que rescata esta semana la crisis del sector recuerda que no es un episodio puntual. El invierno dejó zonas enteras de bancos marisqueros vacíos, con mortalidades que no se recuerdan. A eso se suma un problema estructural: falta de relevo generacional en una profesión dura y mal pagada, justo cuando el turismo masivo empuja la demanda al alza. El resultado es que productos que eran de temporada y de proximidad se convierten en artículos de lujo.
La nostalgia de los ochenta y la realidad
En el debate económico se cuelan dos visiones enfrentadas. Están quienes sostienen que el titular es una exageración: llevar décadas sin comer marisco barato, dicen, no es una novedad de este verano. Y están los que recuerdan la época dorada: a finales de los 80 y principios de los 90, en Vigo se podía disfrutar de ostras y berberechos por un precio irrisorio, regado con Ribeiro turbio y rematado con un Marlboro de contrabando. Esa era se acabó hace 35 o 40 años, y el encarecimiento no es coyuntural: es la nueva normalidad.
Si el sector no resuelve la falta de mano de obra y la presión del turismo, lo de “ponerse morado” quedará solo en la memoria de los veteranos. Y el que quiera marisco, que pague. O que mire hacia el tercer mundo, donde algunos todavía encuentran precios asequibles. Mientras, el mejillón —que no es marisco, según los puristas— aguanta en las conserveras como último reducto de la abundancia.