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Enrique el Navegante (1394–1460) fue uno de los grandes impulsores de la expansión marítima portuguesa y una figura decisiva en el comienzo de la Era de los Descubrimientos.
Descendiente del rey Juan I de Portugal y de Felipa de Lancaster, perteneció a una generación de príncipes que convirtió a un pequeño reino atlántico en una potencia abierta al océano.
Aunque él mismo no fue un navegante en el sentido estricto ni realizó grandes viajes de exploración, su grandeza consistió precisamente en otra cosa: concebir, sostener y organizar una empresa marítima de largo alcance cuando internarse sistemáticamente en el Atlántico exigía audacia, recursos y una notable capacidad de visión política.
Bajo su patrocinio, marinos portugueses exploraron pogre la costa occidental de África, perfeccionaron conocimientos de navegación y cartografía y contribuyeron al desarrollo de embarcaciones más aptas para la navegación oceánica, como la carabela.
Madeira y las Azores quedaron incorporadas al mundo portugués, y en 1434 Gil Eanes consiguió superar el temido cabo Bojador, abriendo una nueva etapa de exploraciones hacia el sur.
Enrique representa, por ello, algo más que a un príncipe medieval: encarna la decisión de mirar más allá del horizonte conocido.
Su obra preparó el camino que, pocas décadas después de su gloria, llevaría a Bartolomeu Dias al cabo de Buena Esperanza y a Vasco da Gama hasta la India.
Si Portugal llegó a convertirse en pionero de la navegación oceánica europea, una parte fundamental de aquel impulso nació de la perseverancia, la imaginación y la ambición de Enrique el Navegante.