El nudismo pierde las playas españolas: del cuerpo libre al postureo de Instagram
En Formentera, la isla que durante décadas fue sinónimo de cuerpo libre, hoy cuesta encontrar a alguien que se desnude en la arena.
Ses Illetes, la playa de postal, se ha convertido en un plató de selfies donde los bañadores campan a sus anchas y el nudismo resiste solo en tramos concretos de Migjorn, Platja de Llevant, Sa Roqueta, Es Caló y Espalmador. La práctica sigue siendo legal, pero cotiza a la baja en casi todos los arenales. Quienes llevan décadas veraneando allí lo resumen sin paños calientes: la isla «desvestida» ha dado paso a una que se cubre más que nunca.
El fenómeno no es exclusivo de las Pitiusas. En Cala Illa Roja, en Begur (Girona), uno de los rincones de mayor tradición nudista de Cataluña, los vecinos describen la misma escena: bañadores, bikinis y móviles donde antes solo había toallas sobre la arena. El presidente del Club Català de Naturisme sostiene que los nudistas han pasado «a ser casi una especie en extinción» y denuncia que las playas para practicarlo en Cataluña «están desapareciendo».
Qué ha cambiado en Formentera en quince años
Hace tres lustros, en algunas calas de Formentera resultaba raro ver a alguien con bañador. Los alemanes, recuerdan residentes de larga estancia, se asentaban en la zona de Migjorn, se movían en bicicleta y pasaban el día en la playa sin ropa. Se desvestían, se bañaban y al final de la jornada se marchaban con sus pantalones cortos. Ese turismo ha ido cediendo terreno ante otro perfil: más joven, mayoritariamente italiano, que llega en el ferry desde Ibiza cargado de maletas y se planta en la arena con tacones de aguja. El objetivo no es tomar el sol desnudo, sino lucirse en redes sociales.
El cambio de costumbres, la irrupción de los teléfonos móviles y el temor a perder la intimidad explican buena parte del retroceso. También la
colonización italiana del negocio local, que ha encarecido precios y transformado la oferta: restaurantes, hoteles y tiendas efímeras de lujo con enseñas como Gucci, Celine, Versace o Loewe. Una residente de 28 años en la isla lo dice sin rodeos: «Se ha perdido mucha de la idiosincrasia y esencia de la isla».
Por qué los jóvenes ya no se desnudan en la playa
La antropóloga Livia Motterle apunta a un factor generacional: la presión estética, la inseguridad sobre el propio cuerpo y la creciente sexualización de la desnudez. Los más jóvenes temen el acoso y que imágenes tomadas sin su consentimiento acaben circulando por internet. El móvil, que todo lo graba, ha convertido lo que era un gesto cotidiano en un riesgo calculado.
A eso se suma el apagón del
topless, que también ha perdido mucho peso. Quienes siguen practicando nudismo son, en su mayoría, personas de «una edad» desprovistas de prejuicios. El relevo generacional no llega. Y en el otro extremo, hay quien sostiene que la explicación es más prosaica: quien quiere ver cuerpos desnudos paga una suscripción, y quien tiene un cuerpo que enseñar prefiere monetizarlo antes que regalarlo en la arena.
Ordenanzas municipales: de la tolerancia a la prohibición
El retroceso no es solo cultural. Varios ayuntamientos han pasado de tolerar el nudismo a prohibirlo. El de Platja d'Aro justificó la prohibición en su playa alegando que «se trata de un lugar de tradición familiar». El consistorio mallorquín de Ses Salines llegó más lejos hace tres años: equiparó el nudismo con el mantenimiento de relaciones sexuales y lo castigó con multas de hasta 750 euros. El alcalde rectificó días después y limitó la norma a las playas urbanas, dejando fuera los arenales vírgenes.
Desde el movimiento naturista se reclama lo contrario: ordenanzas que fomenten el turismo naturista «de alto poder adquisitivo» y que garanticen playas «inclusivas y con buena convivencia». El argumento de fondo es la asimetría de espacio: quien va vestido puede entrar en una zona nudista sin consecuencias, pero quien va desnudo puede ser increpado, cuando no acosado, si el arenal se llena de bañadores y cámaras.
El mapa que queda: dónde resiste el nudismo
La geografía del nudismo se ha replegado a enclaves concretos. En Baleares y en la Costa Brava sobreviven playas apartadas, de acceso complicado y entorno natural, donde la única ropa sigue siendo la toalla. Son las menos. La masificación de la costa, la falta de protección de estos espacios y la ausencia de señalización adecuada reducen los sitios donde practicarlo «de forma segura y tranquila».
El resultado es una paradoja: la práctica es legal, pero cada vez más incómoda. No hay una norma que la prohíba en la mayoría de arenales, y sin embargo el ambiente social la ha ido expulsando. El cuerpo desnudo, que fue bandera de libertad en los ochenta, hoy se lee como excentricidad de una generación que se apaga.
¿Queda alguna playa donde desnudarse siga siendo lo normal, o estamos asistiendo al final de una forma de habitar la costa que nunca volverá?