El ocio nocturno se apaga: de 5.000 locales a menos de 2.000, según cálculos
Tres universitarios que acaban de estrenarse en Pontevedra no piensan pisar un pub ni una discoteca. Quieren bares donde poder hablar. No es un capricho generacional aislado: es la punta del iceberg de un negocio que se desangra. España tenía a finales de los 90 del orden de
5.000 locales de ocio nocturno, según un cálculo que circula; hoy el sector maneja menos de 2.000, y buena parte son pubs de barrio reconvertidos, no discotecas.
Cuántos locales de ocio han cerrado en España desde los 90
El censo se ha partido prácticamente por la mitad y en algunas comunidades el desplome supera el
60% en quince años, según las cifras que se manejan en el debate. El empleo directo pasó de rondar los 350.000-400.000 puestos a la mitad larga, con mucho autónomo disfrazado y contratos de cuatro horas. La crisis de 2008 puso la primera losa; el covid, la segunda. Y el precio hizo el resto: la copa pasó de 6 euros a los
10-15 euros actuales, según los participantes, con un público que, sostienen, ya no tiene esa liquidez.
Sobre el ligue hay otra lectura. Las aplicaciones concentraron el mercado y, según los cálculos que circulan, solo un
5-10% de hombres consigue citas. La discoteca era un mercado ineficiente —a oscuras, con música a tope—, y esa ineficiencia repartía oportunidades entre casi todos, según se sostiene en el debate. Última pata: la demografía. No es que salgan menos, es que hay menos jóvenes.
Valencia prevé una caída de facturación del 13%
Los locales de ocio de València afrontan la temporada con una previsión de descenso del
13,1% respecto al ejercicio anterior, según la Asociación Empresarial de Discotecas de Valencia. El
publirreportaje, según un usuario, asoma cuando la propia patronal encarga la encuesta que luego se publica: un 7,15 de valoración y un 80% de sensación de seguridad, preguntando al sector si el sector es maravilloso.
Mientras, el sector denuncia la normativa acústica y urbanística. Según otro usuario, el cierre del bar de barrio —
el de toda la vida— deja sin andamio al que solo quería socializar sin ticket de entrada. Con estos mimbres, la pregunta no es si volverá la noche tal y como la conocimos, sino quién paga el local vacío.