El péndulo del wokismo: 15 años de excesos y su factura
Hay una paradoja que recorre el último lustro de la conversación pública: los mismos que durante quince años impusieron consignas desde ministerios, redacciones y departamentos de recursos humanos ahora asisten, atónitos, a un cambio de ciclo que no controlan. El periodista Juan Soto Ivars lo resume en un artículo publicado en
El Confidencial con una metáfora escatológica: una pirámide de excrementos doctrinales que se desmorona sobre quienes la construyeron. La tesis, discutida con vehemencia, sostiene que el péndulo ya ha empezado a moverse y que los arquitectos del rigorismo moral vacuo tendrán que tragarse su propio producto.
La discusión que ha generado el texto —más de 150 intervenciones— revela un desacuerdo profundo sobre si ese péndulo existe de verdad o es solo un deseo disfrazado de análisis. Unos ven señales inequívocas de agotamiento del ciclo progresista; otros sostienen que todo sigue igual o peor, y que hablar de giro es una forma de anestesia.
¿Qué es el pendulazo del que habla Soto Ivars?
El artículo parte de una confesión incómoda: durante años, contradecir la monserga provocaba señalamiento, etiquetado y vergüenza. El autor dice haber visto a directores de empresa acojonados por las opiniones políticas de una becaria y a profesores de instituto dando la razón al estudiante más gritón, al estilo de la Revolución Cultural. Ese silencio temeroso, sostiene, fue el caldo de cultivo de la pirámide.
La tesis central es que el péndulo correría en dirección contraria y que la respuesta a lo
woke sería peor que el Trump de 2016. El autor afirma haberlo advertido en un libro que, según él, los aludidos no leyeron. Ahora ve confirmada su predicción en fenómenos como sudamericanos votando a Trump, mujeres argentinas antifeministas, terraplanismo, deportaciones, memes y adolescentes que gritan «viva Franco» para provocar al profesor concienciado.
El punto de colapso llegó, según el texto, cuando las normas impuestas se volvieron demasiado estrictas y la intransigencia empapó la conversación pública. Entonces la gente empezó a pasar a los inquisidores por su propio rasero: Justin Trudeau implorando perdón por una foto con la cara pintada de negro, condenas por difamación contra viudas negras del escrache feminista, ministras de Igualdad soltando prematuramente a violadores, comisarios políticos aplastados por sus propios chistes racistas rescatados de la red. La pirámide se desmoronó.
El péndulo no existe: la inmigración y la impresora siguen mandando
La réplica más repetida es que el péndulo es una ilusión óptica. «Si sale a la calle verá que todo está igual o peor», resume una intervención. Otra añade que no hay giro, sino «marcha hacia adelante en la agenda de esclavización», y que las cuestiones culturales son accesorias, meros entretenimientos para distraer a la población.
El argumento económico aparece pronto: mientras la impresora siga funcionando, nada cambiará. Se menciona que haría falta que la miseria tocara a todos —a los barrenderos con pistola, a los ventanilleros, a los pensionistas que llevan cobrando sin haber cotizado apenas— para que el sistema se tambaleara. La crítica apunta a que el dinero que financia el problema no puede ser el mismo que financia la solución, y se cita el caso de Suecia como ejemplo de país que parecía tener voluntad de cambio y sigue atrapado en la misma dinámica.
Hay quien distingue entre el péndulo del sentimiento social y el péndulo del poder. En el sentir de la gente, a pie de calle, el giro ya se percibe. En el plano político, jurídico y de estructura de poder, el péndulo aún no se ha movido. Se señala que en Estados Unidos el movimiento ha comenzado, pero que en el resto de Occidente la disociación entre la opinión pública y la opinión publicada es total.
La factura del feminismo institucional y las leyes de género
Una de las corrientes más duras del debate sostiene que no hay pendulazo real mientras sigan vigentes las leyes de discriminación hacia los hombres, las falsas denuncias, el código penal de enemigo y los hombres arruinados con el beneplácito social sin pruebas. «Lo único que han hecho es bajar una marcha», resume una intervención que acusa a los equidistantes de querer tapar la luna con un dedo.
El análisis se extiende al ámbito judicial. Se argumenta que las leyes de violencia de género han sido aprobadas por presidentes hombres, con mayoría parlamentaria de hombres y con abrumadora mayoría de hombres votando y siguiendo votando a esos partidos. La conclusión que se extrae es incómoda: no hay que buscar ningún ente paranormal abstracto para encontrar la causa de que los hombres estén discriminados; la causa está en las urnas.
La crítica al artículo de Soto Ivars por este flanco es feroz: se le acusa de ser un aliado del feminismo institucional que ahora dice que el pendulazo perjudica al feminismo, cuando en realidad siempre fue de los suyos. «Encima de aliade, es traidor», resume una intervención. El reproche de fondo es que el autor no hace un mea culpa por la complicidad de periodistas y políticos en la deriva de los últimos quince años.
El anzuelo del artículo: insultos sin autocrítica
La paradoja que señalan varias intervenciones es que el texto de Soto Ivars empieza bastante bien —se le reconoce capacidad para soltar improperios contra la plana de wokes, feministas y subnormales de toda condición— pero se echa en falta una mención a la complicidad de los PERIODISTAS y POLÍTICOS. Pareciera que toda esa inmundicia no tuviera nada que ver con ellos, cuando son agentes fundamentales de la deriva surrealista.
El reproche se extiende a la posición del autor: parece molestarle más que el supuesto pendulazo nos lleve a un triunfo de la ideología contraria que el daño causado por la ideología propia. Es el clásico ajuste de cuentas de quien quiere ponerse del lado que cree ganador futuro sin haberse bajado de la pirámide a tiempo.
¿Hay datos que respalden el cambio de ciclo?
El debate se apoya en señales dispersas más que en estadísticas. Se menciona el caso de un evento multitudinario donde el público gritó consignas contra Pedro Sánchez mientras dos personas se pegaban con armaduras medievales, presentado como síntoma de que la gente se corta menos en mentar lo que antes era tabú. También se cita el juicio por el piquito a Rubiales como termómetro de hasta dónde llega la doctrina de que un beso no consentido es agresión sexual.
La predicción temporal más citada es la de un péndulo que tarda siete años en llegar al centro y otros siete en alcanzar el extremo opuesto. La advertencia es que no se debe vender la piel del oso antes de cazarlo, porque el enemigo es real y subestimarlo le dará aire. Otros creen que el cambio, si llega, será cuestión de meses, no de años.
El escepticismo de fondo es que la gente no se entera de nada. Ni los de izquierdas ni los de derechas. Son peleles en manos de la historia que los destruye sin aviso. No despiertan hasta que son arrasados. Y no se puede contar con las masas para nada.
El cierre: la pregunta que nadie responde
Queda la duda de si el péndulo es un hecho o un deseo. Los más optimistas ven una base de gente razonable que había sido opacada y represaliada, y que ahora tendrá más espacio para la crítica y la racionalidad. Los más escépticos ven una sociedad sin instinto de supervivencia, condenada a salir de un engaño para meterse en otro.
Mientras tanto, las leyes siguen en vigor, la deuda sigue creciendo y la inmigración sigue sin mencionarse en el artículo. ¿Es el pendulazo un cambio real o solo el ruido de la pirámide al derrumbarse?