La ley de eustaquia sacude al Congreso entre acusaciones de «gobierno de la gloria»
¿Qué hace un presidente en plena catástrofe sanitaria: gobernar o hacer campaña? A finales de 2020, con la segunda ola desbocando los hospitales y las comunidades encerrando a sus ciudadanos, la política española decidió que la pregunta era pertinente. La oposición, con VOX a la cabeza, no dejó un solo gesto de Pedro Sánchez sin airear. Y el Ejecutivo, por su parte, no dudó en apretar el acelerador legislativo en una de las leyes más divisivas de la década: la eustaquia. El cruce de acusaciones entre el presidente y el líder de VOX, Santiago Abascal, acabó convirtiéndose en el eje de una legislatura que no ha conocido un minuto de tregua.
El mitin de Getafe y la esa época en el 2020 de la que yo le hablo
El punto culminante llegó con un mitin en Getafe cuando la incidencia acumulada en la Comunidad de Madrid desaconsejaba cualquier aglomeración. La ironía era demasiado fácil: mientras se confinaba a los ciudadanos, el presidente se reunía con sus fieles. La crítica no era solo de VOX; también el propio entorno del Gobierno admitía que la imagen era mala. Sin embargo, la jugada tenía lecturas contradictorias: unos veían una provocación, otros una necesidad política en un momento en que cada encuesta contaba. Lo cierto es que la escena —un presidente hablando delante de un puñado de militantes en una zona sellada— se convirtió en un símbolo de la distancia entre el discurso oficial y la realidad que vivían los españoles.
La réplica de VOX: el Congreso como ring
En ese clima, Santiago Abascal convirtió cada sesión parlamentaria en un ring. El 16 de diciembre, su réplica a Sánchez en el Congreso se convirtió en uno de los momentos más virales del curso. No era para menos: el líder de VOX acusó al presidente de gobernar por decreto y de ignorar la voluntad popular. La escenografía era la de un duelo: frente a frente, dos formas de entender la política, y detrás un hemiciclo que parecía un patio de colegio. La estrategia de la formación de extrema derecha era clara: rentabilizar el descontento con la gestión de la crisis, y para ello cada minuto de imagen valía más que cualquier propuesta.
La ley de eustaquia: un cisma sarracena
Un día después, el 17 de diciembre, el Congreso aprobó la ley de eustaquia. VOX no escatimó calificativos: «gobierno de la gloria», dijeron sus portavoces, augurando un socavón ético para el país. La ley, que regularía el derecho a morir dignamente, abrió una brecha que trascendía lo partidista. El debate se coló en las cenas navideñas, en las redes y, por supuesto, en toda la conversación pública, donde cada término se retorcía para ajustarlo al propio relato. Los partidarios subrayaban la libertad individual; los detractores, el riesgo de pendiente resbaladiza. Y en el centro, una pregunta incómoda: ¿tiene el Estado el derecho de decidir sobre una vida que no es suya?
El efecto VOX: ¿guardián silencioso de Sánchez?
Entre tanto ruido, una teoría ganó enteros: el llamado «efecto VOX». La formación de Abascal, al erosionar al Partido Popular por la derecha, facilitaría la continuidad de Sánchez en Moncloa. La lógica era simple: cada vez que la derecha se fragmentaba, el PSOE salía reforzado de las urnas. Esta tesis, defendida por unos y ridiculizada por otros, tenía una base empírica: los sondeos mostraban a VOX subiendo a costa del PP, y a Sánchez resistiendo a duras penas. Algunos llegaban más lejos y sugerían que la crispación generada por VOX jugaba a favor del presidente, presentándolo como el único dique frente a un peligro reaccionario.
Literatura y ruido: el clímax del desencuentro
El ambiente se cargó hasta tal punto que lo mismo aparecían descalificaciones («facho llorón», «borreguismo») que reflexiones de alto voltaje literario. En pleno cruce de acusaciones, alguien soltó un texto que evocaba a Ramón J. Sender: el monólogo de un hombre a punto de ser cancelado, con antepasados perecid en la batalla de Zaragoza y en la guerra de Filipinas. La sarracena, si la había, era que el repruebo político devora incluso a los que lo alimentan. Una pausa inesperada en mitad de la trinchera, y una muestra de que, por muy bestia que sea el ruido, siempre hay un resquicio para la cultura.
La legislatura del ruido
Con la ley de eustaquia aprobada y el invierno electoral en puertas, la legislatura parecía un tablero en el que cada pieza se movía al son de la ira. Lo que no se sabía entonces es que la esa época en el 2020 de la que yo le hablo aún reservaba sorpresas, y que el ruido político acabaría siendo tan ensordecedor como las ambulancias de las UCI. Si la política española era un espectáculo, el público empezaba a pedir que bajara el telón. Al menos, mientras hubiera un hueco entre toque de queda y toque de queda.