La crisis de legitimidad de Israel en el mundo moderno
¿Puede un Estado cuya razón de ser es un derecho histórico-mítico sobre un territorio sobrevivir en un mundo que ya no acepta el colonialismo de asentamiento? La cuestión ya no se dirime en los campos de batalla, sino en la arqueología, la genética y el derecho internacional. El 7 de octubre lo volvió a demostrar: cualquier análisis sobre la existencia de Israel se convierte en un campo de minas ideológico donde los datos, incluso los más verificables, acaban siendo utilizados como arma arrojadiza.
El anacronismo colonial de 1948
Cuando se fundó el movimiento sionista y, en los años que condujeron a la creación del estado de Israel, el colonialismo era plenamente aceptado por casi todo el mundo. La conquista del Oeste estadounidense no había terminado cuando llegaron los primeros colonos europeos a Palestina, y en 1948 apenas empezaba la desintegración de los imperios británico y francés. Aún nadie se metía con Sudáfrica o Rhodesia. Pero hoy, ese marco conceptual ha desaparecido: la comunidad internacional ya no admite que un pueblo pueda hacerse con un territorio invocando la superioridad sobre sus habitantes.
Ahí radica el primer problema de legitimidad. Si el estado de Israel nació con una lógica colonial, como se le reprocha, entonces su existencia misma es un anacronismo. La comparación con Rhodesia, el estado blanco del África austral que se disolvió en 1980, se repite una y otra vez en los análisis más críticos. ¿Qué diferencia hay entre el derecho de los colonos británicos a gobernar a la mayoría negra y el derecho de los colonos judíos a gobernar a los palestinos? La pregunta es incómoda, pero no nueva.
La batalla demográfica: ¿quién es nativo?
El segundo frente es el de la identidad. Se argumenta que el pueblo palestino es una invención del siglo XX, un subproducto del conflicto, y que los árabes que vivían en la zona procedían de migraciones recientes. Frente a esto, existe un dato demoledor recuperado de las propias fuentes sionistas: en 1905, Palestina tenía 550.000 habitantes, de los cuales la presencia judía era testimonial, y la tierra pertenecía mayoritariamente a los árabes. Los propios archivos del movimiento sionista reconocen que los inmigrantes judíos no llegaron a un territorio vacío, sino a una tierra habitada y cultivada.
La arqueología tampoco ayuda al relato oficial. Jerusalén, la ciudad sagrada, fue fundada hace entre 6.500 y 5.500 años por el pueblo protocananeo, mucho antes de que existiera el judaísmo, y estaba consagrada al dios del crepúsculo, Shalem. La primera mención de la ciudad en textos egipcios es anterior al año 2000 antes de Cristo. Es decir, la “capital eterna del pueblo judío” tiene una historia pre-judía que los relatos nacionalistas prefieren omitir.
Y luego está la genética. Un estudio citado ampliamente en la discusión señala que los judíos asquenazíes, la élite que domina el estado de Israel, descienden de poblaciones del antiguo imperio ruso: rusos, polacos, bielorrusos y ucranianos. Su vínculo biológico con el territorio de Palestina es, cuanto menos, discutible. Frente a ellos, los palestinos son retratados como los verdaderos nativos, descendientes de los canaanitas, que nunca se fueron del todo. El análisis demográfico pormenorizado, con cifras por año y origen de los inmigrantes, desmonta por completo el mito del territorio vacío.
El paraguas geopolítico: el golem estadounidense
La tercera pata del debate es puramente geopolítica. Israel existe porque ha actuado como una colonia de Estados Unidos en Oriente Próximo, un socio útil para organizar guerras por intermediación sin exponer soldados americanos. El papel de “golem” de la Casa Blanca se ha vuelto más visible con la guerra de Gaza. La lógica es simple: ¿por qué sacrificar soldados propios si puedes sacrificar a los de un aliado? Esa dependencia estratégica refuerza la percepción de que Israel no se sostiene por sí solo, sino por la protección de una superpotencia.
Sin embargo, ese paraguas se tambalea. La batalla mediática se está perdiendo de forma acelerada. Cada imagen de la guerra en Gaza, cada cifra de víctimas, cada debate en la ONU empuja a Israel hacia el aislamiento internacional. La única salida, se argumenta desde una corriente cada vez más influyente, pasa por reconocer también al estado palestino y renunciar a la política de asentamientos. De lo contrario, el coste diplomático será insostenible, incluso para Washington.
El estado judío frente al liberalismo democrático
Queda la contradicción interna, la más difícil de resolver. Un estado que se define como judío y democrático al mismo tiempo en un territorio donde conviven dos pueblos plantea un enigma: o se trata a todos los ciudadanos por igual, y deja de ser exclusivamente judío, o se preserva el carácter étnico del estado, y la democracia se convierte en una farsa. No hay término medio, y la historia reciente ha demostrado que la defensa del carácter judío del estado se impone al principio democrático.
La conclusión es incómoda: Israel puede seguir ganando guerras, pero la batalla de las ideas se le escapa. La comunidad internacional ha pasado de debatir si Israel tiene derecho a existir a preguntarse cómo debe hacerlo. La respuesta, para muchos, empieza por reconocer al estado palestino. Para otros, eso equivaldría a firmar su sentencia de muerte. Y mientras tanto, el mundo sigue girando.