Israel y la guerra eterna: ¿negocio redondo o quimera?
¿Puede un país mantener una guerra indefinida con crédito ilimitado? Un análisis del medio El Sextante plantea que Israel, gracias al respaldo financiero de la Reserva Federal y la banca internacional, podría sostener un conflicto perpetuo mediante mercenarios y armamento norteamericano. Los números son abrumadores: presupuesto de defensa de 45.000 millones de dólares para 2026, más de 3.600 soldados extranjeros en sus filas y la capacidad de contratar un ejército profesional de 70.000 efectivos por 150.000 millones anuales. Pero el debate revela fisuras que ni el dinero puede tapar.
El modelo de la guerra por delegación
La tesis central es que Israel puede externalizar su defensa. Con Estados Unidos convertido en un estado cautivo de la banca judía, el flujo de armas y fondos parece inagotable. Como en Ucrania, el objetivo sería desgastar a los vecinos mientras Israel se convierte en un estado fantasma: una potencia militar sin territorio habitable, con aviones en Chipre y flota en el Mediterráneo. Los que defienden esta visión señalan que el dinero lo compra todo, incluso la lealtad de decenas de miles de mercenarios.
Las grietas del imperio: fuga de reservistas y divisiones internas
Los críticos contraatacan con datos concretos: más de 100.000 reservistas han desertado, y la sociedad israelí está profundamente fracturada entre diferentes comunidades religiosas y políticas. Un país artificial de apenas 80 años, argumentan, no puede sostener una guerra eterna cuando su base social huye. Además, la dependencia de infraestructuras críticas vulnerables —como las desalinizadoras— lo hace colapsable en semanas si Irán o sus aliados deciden atacarlas. El análisis optimista omite la heterogeneidad interna y el creciente hartazgo de una población que no quiere morir por los intereses de unos pocos.
El rol de Estados Unidos y la incoherencia nuclear
El debate también expone la paradoja de la no proliferación: Israel posee armas nucleares sin firmar el TNP, mientras presiona a Irán —signatario— por el mismo objetivo. Esta doble vara de medir solo se explica, según los participantes, por el control del lobby sionista (AIPAC) y la influencia de los financieros judíos sobre la Reserva Federal. La conclusión es que la guerra eterna es un negocio redondo para los contratistas militares y la banca, pero un callejón sin salida para el pueblo israelí.
La pregunta que queda en el aire es si el dinero puede suplir la falta de cohesión social. Por ahora, los tanques israelíes siguen avanzando, pero el desierto de ideas —y de soldados— no se llena con cheques.
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