El psiquiatra Cabrera sentencia: «Nunca vi un caso como Sánchez»
En un vídeo que corre como la pólvora, el doctor José Cabrera, psiquiatra con cuatro décadas de consulta, afirmó que en toda su carrera no ha encontrado un perfil psicológico como el del presidente del Gobierno. No era un halago. La etiqueta que le cuelga es la de «trastorno narcisista de la personalidad, subtipo maligno», una categoría que asocia a falta de empatía, sentimiento de omnipotencia y nula capacidad de autocrítica. La comunidad de analistas económicos se ha hecho eco: ¿qué implicaciones tiene para la gestión del país un líder con ese diagnóstico?
Un diagnóstico controvertido
Cabrera, conocido por sus intervenciones mediáticas, ha puesto el foco en la supuesta desconexión de Sánchez con la realidad. Según su análisis, el presidente actúa como un «ángel redentor» convencido de su misión, mientras que los daños colaterales —joyas, muertos, torturados— son justificados como parte de un plan superior. La oposición a esta lectura es significativa: críticos dentro del propio gremio psiquiátrico señalan que un diagnóstico a distancia, sin entrevista clínica, roza la charlatanería. «Al que tiene un martillo, todo le parecen clavos», ironizó una voz autorizada. El debate trasciende lo clínico y se adentra en la economía política: un líder narcisista tiende a rodearse de leales, evitar la rendición de cuentas y asumir riesgos desproporcionados. El coste de esa forma de gobernar no es abstracto: decisiones como el indulto a los golpistas catalanes o la gestión de la DANA se interpretan desde esta óptica como síntomas de un patrón.
El espejo de los banqueros
«Yo conozco a un clon de Sánchez en lo físico y lo moral», escribió un analista en el hilo que originó el debate. Se refería a un exempleado de banca de inversiones que, con poco más de treinta años, perdió nueve cifras en una apuesta temeraria y fue despedido. La anécdota ilustra la tesis de que el perfil narcisista busca la validación a través de golpes de efecto, pero suele estrellarse cuando las condiciones externas dejan de acompañarle. Este comportamiento explicaría la insistencia de Sánchez en mantener políticas expansivas pese a la inflación, o su negativa a ajustar el gasto público ante las advertencias de Bruselas. «Es el mentiras», le llamaban en el colegio, según un comentario que rescata un viejo apodo. La pregunta es si esa tendencia a la falsedad tiene un precio económico mensurable.
El coste de gobernar sin brújula
Los datos objetivos todavía no existen, pero los casos comparados no invitan al optimismo. Un estudio citado en la discusión (Holtzman, 2011) relaciona ciertos rasgos faciales —como las cejas— con el narcisismo, pero advierte que la morfología no es concluyente. Lo que sí parece consistente es la incapacidad de los narcisistas para aprender de los errores. En política, esa rigidez se traduce en crisis recurrentes: la del «caso Del Burgo» o el «pucherazo postal» de 2023 son ejemplos de cómo la presión por mantener el poder siembra desconfianza institucional. «Un tipo que tiene a sus espaldas COVID, DANA y accidente de AVE y sigue tan agusto», resumía un observador. El dato que descoloca es que, pese a todo, Sánchez mantiene un piso de voto fiel que ningún escándalo parece erosionar. O, como apuntó un comentarista, «desde el Doctor Lecter no se conocía un buenazo igual».
En definitiva, el diagnóstico de Cabrera ha abierto una caja de Pandora sobre la relación entre personalidad y política económica. Mientras unos lo tachan de sensacionalista, otros ven en sus palabras la confirmación de lo que muchos sospechaban: que el presidente opera en un plano donde las reglas del juego ordinario no se aplican. Y que, si el diagnóstico es acertado, el coste de esa excepcionalidad lo pagamos todos.