Felipe VI en Mauthausen: el homenaje que reabre la grieta
El Rey presidió la ofrenda floral ante el monumento a las víctimas del campo de concentración de Mauthausen en el acto conmemorativo del 80º aniversario de su liberación. Allí dijo: «Recordamos a los miles de españoles republicanos que lucharon contra el nazismo y por la libertad». Hasta ahí, protocolo. Lo que vino después convirtió una ceremonia de memoria en un campo de batalla político con banderas republicanas, gritos de «Viva la República» y reproches por el abandono de los antifascistas en las cunetas.
La escena tiene su aquel. Un jefe del Estado que no ha visitado ni uno solo de los cientos de campos de concentración que existen en España —según el reproche que circuló junto a las imágenes— rindiendo tributo en Austria a quienes murieron lejos de casa. La pancarta que presidía la entrada lo decía sin anestesia:
no hay memoria sin verdad, justicia y reparación.
Quiénes eran los españoles de Mauthausen
El discurso oficial los llama luchadores por la libertad. Otra parte del análisis lo matiza con dureza: según una de las tesis que circula, ninguno de los que estaban allí fue por defender la libertad y la democracia en España, sino por luchar voluntariamente como mercenarios en la Resistencia francesa, en el Ejército francés o por cometer delitos en Francia en una guerra en la que España no intervenía. El detalle que subrayan: ni Francia, el país que según esa misma tesis los deportó y se desentendió de ellos, participa en el homenaje.
Hay quien va más lejos y recuerda que muchos de aquellos republicanos eran partidarios de una dictadura del proletariado, no precisamente demócratas.
Vivir para ver, resume esa corriente. Enfrente, el argumento contrario: el Gobierno de Franco los declaró apátridas y los dejó sin patria ni reconocimiento durante décadas. Que un rey hable hoy de ellos es, para otros, sencillamente tarde y mal.
El cálculo político que nadie disimula
La lectura más cínica apunta al calendario. Se sostiene que el PSOE ha encontrado en Mauthausen un filón para años, después de que el tema de la DANA le comiera la tostada, y que la conmemoración sirve para seguir ganando la guerra civil noventa años después. La acusación de fondo: usar a los muertos como munición electoral y hacerlo, además, con muy poco ánimo de concordia.
No es una tesis unánime. Frente a ella está la evidencia de que el vacío educativo sobre esta historia es real: aquí no hay cojones para ponerla en un libro de texto, y sin embargo en Europa y el resto del mundo es difícil no haberse enterado. Si alguien ejerce la representación del Estado, mejor ir bien informado, porque la censura no funciona fuera de casa.
La conquista de América y el efecto dominó
El mismo Felipe VI que reconocía «mucho abuso» en la Conquista de América —declaración que provocó estupefacción en Vox y su consiguiente crítica— es el que ahora homenajea a los republicanos de Mauthausen. El patrón que denuncian sus críticos: vestir la chaqueta que conviene en cada acto, sin que pase nada ni cambie nada, y seguir cobrando la paguita.
La paradoja que señalan desde el otro flanco es más incómoda: critican a una
monarquía con una reina de pasado republicano, y siempre callan la Primera República para dar por culo con la Segunda.
En el fondo se la suda la república, concluyen: lo que quieren es la suya.
El problema de la derecha con su propio rey
Aquí el debate se vuelve incómodo para el bloque que se dice monárquico. Hay quien reconoce haber estado en actos así y sentir que se le retuerce el estómago cuando se grita «viva el Rey». La conclusión que extraen: hacen falta derechas que se alejen de la monarquía progre, woke, agenda 2030 y masona, y apuesten por un republicanismo centralista con un único presidente, sin primer ministro de por medio.
El diagnóstico de fondo es que las monarquías de los Borbones caen por inútiles: no las quieren ni los unos ni los otros. Y el dato que lo resume todo: los Borbones llevan 320 años, según ese cómputo, saqueando y destruyendo España.
Lo que queda cuando se apagan las banderas
La foto con las banderas republicanas al fondo y el Rey delante es, para muchos, la imagen del año. Para otros, un bochorno. Lo único cierto es que el acto de Mauthausen ha servido para algo que ninguna conmemoración buscaba: dejar retratada la incomodidad de una institución que necesita a la izquierda para legitimarse y a la derecha para sobrevivir, y que hoy no termina de encajar en ninguna de las dos.
Queda por ver si este tipo de actos se consolida como ritual anual o se apaga cuando cambie el ciclo. Con estos mimbres, lo razonable es esperar más de lo mismo: homenajes que dividen, discursos que se citan a conveniencia y una memoria histórica que sigue siendo, sobre todo, un arma arrojadiza.