El islam entra en la agenda: mezquitas, tuits y un pulso identitario
En el espacio público español hay una pregunta que ha dejado de formularse como duda para formularse como sentencia: si el islam encaja o no en Europa. La respuesta que más circula no la produce la sociología, la produce la acumulación de titulares, tuits y recopilaciones que se retroalimentan entre sí. Tres piezas coinciden en el tiempo: la oposición frontal de VOX Andalucía a una mezquita en Sevilla, una cascada de mensajes virales sobre supuestas marchas islamistas en Londres y la circulación de dossieres que mezclan teología, sentencias judiciales antiguas y advertencias apocalípticas.
El resultado es un relato simple para un fenómeno que no lo es. La pregunta operativa no es si el islam supone un problema, sino quién gana cuando el islam se convierte en la etiqueta que lo explica todo.
De la mezquita de Sevilla al cartel electoral
La posición de VOX Andalucía quedó fijada en un comunicado sin matices: «No queremos la islamización de nuestros barrios ni que los andaluces se sientan extranjeros en su propia tierra», acompañado del anuncio de que el partido hará «todo lo necesario» para impedir la construcción. Un equipamiento religioso pasa así a leerse como termómetro de identidad colectiva.
La operación no es nueva. Un expediente de licencias, aforos y convivencia vecinal se transforma en pulso civilizatorio, y cualquier objeción técnica —ruido, aparcamiento, plazas— queda sepultada bajo la palabra islamización. Cuando eso ocurre, el plano municipal deja de importar: lo que se vota no es un edificio, es una frontera.
Islam, islamismo y la trampa de las etiquetas
La frase más citada del material analizado es del poeta cabileño Ferhat Mehenni, nacido en 1951: «El islamismo es el islam en movimiento. El islam es el islamismo en reposo.» La sentencia es brillante y, precisamente por eso, peligrosa: convierte una distinción analítica en una equivalencia. Hay quien sostiene que separar religión y proyecto político es una argucia de salón; enfrente pesa el dato elemental de que la mayoría de los fieles no milita en ninguna organización y no comparte esos programas.
De ahí nace el otro argumento recurrente: se exige a los musulmanes europeos una condena explícita, pública y permanente de la violencia yihadista. Aplicada a cualquier otro colectivo —vecinos, gremios, comunidades—, esa exigencia de responsabilidad colectiva sería considerada, con razón, insostenible.
Un bloque que no existe
El relato se presenta como monolítico y no lo es. En el mismo saco conviven cuatro diagnósticos incompatibles: quienes afirman que un Occidente decadente no está en condiciones de dar lecciones; quienes sitúan a Israel como enemigo principal de la ecuación; quienes defienden una tesis conspirativa según la cual la inmigración se usaría para desactivar la conflictividad social interna; y quienes señalan a la izquierda y a la cultura woke como el verdadero adversario. Cuatro relatos que se odian entre sí compartiendo altavoz.
Esa grieta es la noticia que casi nunca se cuenta. La etiqueta funciona porque es lo bastante ancha para que quepan todos, incluso los que no están de acuerdo en nada más.
Lo que sostiene la sentencia y lo que sostiene la anécdota
Buena parte de los ejemplos citados proceden de una recopilación francesa, «Interroger l’Islam», de Guy Pagès (DMM, 2013). De ahí salen la absolución de un padre de familia por la Corte Suprema italiana en agosto de 2007 y el caso británico de enero de 2013, cuando un joven de 18 años eludió la prisión. Cada caso individual puede ser relevante. La suma de casos dispersos, en países distintos, con ordenamientos distintos y años distintos, no demuestra una tesis civilizatoria: demuestra que se han buscado casos.
El desglose completo de esa recopilación —país, año, tribunal y resolución, partida a partida— da una foto bastante menos épica de la que sugiere el titular, y conviene consultarlo antes de repetir la conclusión. En el otro extremo del registro está la anécdota doméstica: una romería con escolta policial que se cuenta como síntoma de un país que ya no se reconoce. Las dos piezas, la estadística forzada y la vivencia personal, circulan con la misma autoridad. Ninguna de las dos la tiene.
Con este material, la previsión más razonable es que la etiqueta siga rindiendo más que el análisis. Cada mezquita, cada menú escolar, cada velo servirán para saltar de la política municipal a la identidad civilizatoria en menos de un párrafo. Y quien matice en ese terreno cobrará menos aplausos, aunque tenga razón.