Matar a tu mujer y a tu hija no es, automáticamente, un asesinato machista. O al menos, eso es lo que muchos se preguntan a raíz del doble crimen de Alicante, donde un empresario de churrería acabó con la vida de su esposa y una hija de 20 años, e hirió de gravedad a otra de 26. La prensa lo calificó sin titubeos como «asesinato machista», pero las dudas sobrevuelan: el hombre carecía de antecedentes por maltrato, y su entorno lo describía como un trabajador entregado a la familia.
El suceso ocurrió en una segunda vivienda de la partida de La Cañada del Fenollar, en Alicante. La familia vivía en San Vicente del Raspeig. Vecinos consternados hablan de «una tragedia inexplicable», y en las redes se han abierto dos frentes. Por un lado, quienes sostienen que cualquier homicidio de un hombre contra una mujer debe inscribirse en la estadística de violencia de género, salvo prueba en contrario. Por otro, que la ausencia de denuncias previas y el posible brote psicótico deberían llevar a una investigación más matizada antes de etiquetar.
La discusión no es baladí: en los últimos años, la clasificación de los crímenes como «machistas» se ha convertido en un indicador político y social con implicaciones presupuestarias. De hecho, parte del debate sugiere que el sistema tiene incentivos para inflar las cifras, de forma similar a lo ocurrido con otras estadísticas oficiales durante la pandemia. El caso de Alicante ilustra cómo una etiqueta puede cerrar preguntas incómodas sobre salud mental, presión laboral o dinámicas familiares complejas.
Por ahora, los datos disponibles no permiten descartar ni confirmar el móvil de género. Mientras la investigación avanza, el relato oficial se refuerza con cada nuevo crimen etiquetado. Pero la duda persiste: ¿estamos contando lo mismo de siempre con un nombre diferente, o realmente hay un patrón que justifica la categoría? Pronto lo sabremos, aunque las cifras probablemente seguirán creciendo. Como en el COVID, lo que importa no es tanto el hecho como el relato que se construye alrededor.