Marruecos supera a España en el índice de poder militar: 9,0 contra 5,55
España no ganaría una guerra contra Marruecos con la facilidad que sugiere la diferencia de PIB. Y Marruecos no la ganaría con la facilidad que sugiere su puntuación en los índices de poder militar. Las dos cosas son ciertas. Ninguna cabe en el titular que más se comparte.
Qué mide el índice que da 9,0 a Marruecos y 5,55 a España
El punto de partida es el Índice de Poder de WorldPowerStats, una de esas clasificaciones que ordenan ejércitos por puntuación agregada. Sitúa a Marruecos por delante de España en torno a un 38,3%, con 9,0 frente a 5,55. El propio informe admite la trampa en su letra pequeña: las puntuaciones agregadas no captan la calidad del liderazgo, la moral de la tropa, el terreno, el clima, la sorpresa ni la innovación.
Ahí está el problema de fondo. El índice mide volumen, no eficacia. Y en un conflicto real, el volumen sin capacidad de proyectarlo sirve de poco. La discusión seria no es quién tiene más, sino quién puede usar lo que tiene, contra quién y con qué restricciones políticas.
121 barcos contra 46: por qué el dato naval se lee mal
En alta mar Marruecos opera 121 buques, con 0 submarinos y 0 portaaviones. La armada española cuenta con 46 buques, 2 submarinos y 1 portaaviones. El informe concluye que la ventaja marítima se inclina hacia el país vecino. Leído en crudo, el número impresiona. Desglosado, se deshincha: buena parte de esos 121 cascos son patrulleras costeras, y el núcleo real son una fragata clase FREMM y dos clase Sigma.
Frente a eso están las fragatas F-100 españolas, con un techo de capacidades muy superior. Y hay un detalle operativo que suele ignorarse: sin buques anfibios ni portaaviones, proyectar poder sobre una costa defendida es otra película. La comparación que circula es tosca pero ilustrativa: contar doscientos repartidores en bicicleta frente a diez portacontenedores de cuatrocientos metros no es una comparación militar.
Qué islas quedarían bajo el paraguas de la OTAN
Aquí el debate es jurídico antes que militar. Chafarinas, Alborán, el Peñón de Alhucemas y el islote de Perejil estarían, en teoría, cubiertos por la Alianza. El caso de Vélez de la Gomera es una curiosidad geográfica: era una isla hasta que un terremoto en los años treinta la unió al continente, con lo que quedaría fuera del paraguas salvo que alguien decida reabrir el istmo.
Ceuta y Melilla estarían, en teoría, fuera del artículo 5, aunque parte del análisis sostiene que sí quedarían cubiertas por la defensa de la Unión Europea. La discrepancia no está resuelta y conviene no darla por cerrada.
Puertos, gas y remesas: la guerra que no necesita soldados
Marruecos ha invertido más de 14.000 millones en infraestructura portuaria para disputar el Estrecho. El puerto de Tánger Med gestiona más del doble de mercancías que el de Algeciras, y el de Nador ya compite con Valencia. Es una conquista silenciosa y muy difícil de revertir.
En el otro lado de la balanza, España multiplica por diez el PIB marroquí. Sobre el papel, una economía de guerra aguantaría mucho más. Y hay cuatro palancas que no exigen mover un solo soldado: cerrar el tráfico mercante hacia Europa, bloquear las remesas de la diáspora, cortar el suministro de gas y cerrar el espacio aéreo. Cada una, por separado, golpea la mitad de la economía del país vecino.
El cálculo completo de ese bloqueo, con los flujos comerciales y energéticos desglosados, es donde el asunto se vuelve interesante.
Drones y material caro: el escenario que cambió la regla
La lección de Ucrania atraviesa todo el análisis: los sistemas caros de los últimos veinticinco años se han vuelto objetivos vulnerables frente a la saturación de drones baratos, misiles y artillería de largo alcance. Un carro de combate o un caza de última generación ya no garantizan nada por sí solos.
En ese marco, España tiene una ventaja que no siempre se valora: capacidad industrial para fabricar drones y munición en volumen si se decide a hacerlo. En contra juega el programa de avión de combate europeo, que se ha descuadrado, con Alemania apuntándose a un proyecto alternativo que deja a España fuera. Un plan de 6.000 millones en misiles, con fabricación nacional, es la respuesta que empieza a moverse.
¿En qué estado están las Fuerzas Armadas españolas?
La respuesta corta es: mejor que su reputación, peor que su presupuesto. El caso del submarino S-80 es el mejor ejemplo de las dos cosas. Sus dos primeras unidades, según los datos que se manejan, no incorporan el sistema de propulsión anaerobia que debía ser su gran aporte tecnológico, y han salido a precio de submarino nuclear con retrasos de décadas.
A eso se suma el desgaste material: un accidente reciente en el centro de buceo de la Armada, con varios heridos, algunos graves, durante un entrenamiento en cámaras hiperbáricas, apunta a instalaciones viejas y con mantenimiento justo. La historia ya dio avisos parecidos en Ifni y en Annual, cuando el material decisivo escaseaba.
La predicción más razonable, con todas las reservas: si el conflicto llega, no se decide en el Estrecho, sino en los puertos de tránsito, en la factura energética y en la voluntad política de sostener un pulso de meses. Ninguna de esas tres variables aparece en el índice.