El ADN que reabre quién es semita en el conflicto
En 1948 se fundó el Estado de Israel. Desde entonces, la etiqueta de antisemita funciona como un arma arrojadiza en cualquier discusión sobre el conflicto. La controversia estalla cuando alguien cuestiona el origen genético de los judíos asquenazíes y sostiene que descienden de los jázaros del Cáucaso, no de los antiguos hebreos. La afirmación, popularizada por un libro de Arthur Koestler, ha sido refutada por estudios genéticos posteriores, pero sigue circulando como munición en el debate.
El núcleo del problema es terminológico. El término semita designa un grupo lingüístico —hebreo, árabe, arameo—, no una identidad política. Confundir judío con israelí y con sionista borra siglos de historia y complejidad cultural. Y ahí está el nudo: si los palestinos comparten acervo genético con los judíos, como apuntan varios estudios, la acusación de antisemitismo contra quien critica al gobierno israelí se vuelve, cuando menos, discutible.
El argumento genético y su refutación
La hipótesis jázara sostiene que los judíos asquenazíes descienden mayoritariamente de turcos jázaros convertidos al judaísmo, no de linaje del Medio Oriente. Un análisis genómico de Doron Behar y otros investigadores, citado en el debate, refuta esa posibilidad. La evidencia apunta a un origen común en el Levante para las poblaciones judías y palestinas.
Hay quien sostiene que los análisis genéticos sobre el semitismo de los israelíes están prohibidos en Israel. No hay constancia de tal prohibición en el material disponible. Lo que sí aparece es que los palestinos comparten genes con los judíos mizrajíes, y que algunos palestinos tienen incluso ascendencia asquenazí. La conclusión que extrae una parte del debate es incómoda: en Gaza, unos europeos estarían exterminando al verdadero pueblo semita de la región.
El dato que descoloca es que los asquenazíes representan un tercio de la población de Israel y menos de la mitad del total de judíos israelíes. Más del 80% de los judíos se declaran sionistas pro Israel. Es decir, la ecuación entre judío, israelí y sionista no es una simplificación retórica: es una mayoría estadística.
La definición internacional de antisemitismo
La IHRA, adoptada por decenas de países, establece que criticar a Israel como a cualquier otro país no es antisemitismo. El texto se cita en el debate para rebatir la acusación. La norma, sin embargo, incluye ejemplos que difuminan la frontera: aplicar dobles estándares a Israel o negar su derecho a existir sí se consideran antisemitas.
El antisionismo judío añade otra capa. Organizaciones como Jewish Voice for Peace y Neturei Karta son judías y antisionistas. Si la crítica a Israel fuera antisemita, ellas también lo serían. La objeción no es menor: el argumento de la autenticidad judía se usa en ambos sentidos.
Los tribunales y el derecho internacional
La Corte Penal Internacional busca a Netanyahu por presuntos crímenes de guerra. La Corte Internacional de Justicia ha dictaminado que existe un riesgo plausible de genocidio en Gaza. Alinearse con el derecho internacional no es odio a los judíos, sostiene una parte del debate. La otra responde que la CPI y la CIJ están politizadas y que sus decisiones no son sentencias firmes.
La discusión deriva hacia el apoyo internacional. Irán, Rusia y China aparecen como actores que desafían el orden occidental. El «mundo libre» que invocan Estados Unidos e Israel es, para otra parte, el «Eje del Mal» que ambos países denuncian. El intercambio se vuelve un juego de espejos.
La escalada en Oriente Próximo
El enviado de la ONU, Mike Waltz, defendió los posibles ataques de Estados Unidos a centrales eléctricas y puentes, desestimando las acusaciones de crímenes de guerra como «irresponsables». También se mencionan ataques a civiles, como el de una escuela infantil en Minab. La proporción de estadounidenses que apoyan las acciones de su gobierno es, para algunos, el dato más relevante.
La guerra contra Irán desata una epidemia de robo de gas. Los incidentes de llenar sin pagar en Gran Bretaña han aumentado un 27%, mientras que en Estados Unidos se reportan perforaciones de tanques de combustible. El detalle, aparentemente anecdótico, ilustra cómo un conflicto lejano se cuela en la economía cotidiana.
El origen colonial y la paz que se rompió
En Palestina convivían judíos sefardíes, cristianos coptos y una mayoría musulmana con una paz envidiable, sostiene una parte del debate. La llegada de los ingleses y de los sionistas desestabilizó la zona. La idea de que esa tierra era solo de los judíos, por ser el pueblo de dios, se destiló desde fuera.
El argumento no es nuevo, pero conecta con una sospecha más amplia: que el Reino Unido, gobernado por quien no nació allí, sigue desestabilizando regiones enteras. La comparación con España y la casa francesa cierra el círculo.
Qué queda de todo esto
La discusión no se resuelve. Unos ven en la etiqueta de antisemita un mecanismo para silenciar la crítica a Israel. Otros ven en esa crítica un ataque a la mayoría de los judíos. La evidencia genética apunta a un origen común, pero no zanja el debate político. Y el dato que descoloca es que, cuanto más se profundiza en el ADN, menos claro queda quién tiene derecho a llamar semita a quién.