La masculinidad del debate: cuando la ausencia de mujeres se vuelve tesis
En los círculos de discusión digital, la palestra es masculina y el dato no se discute: las voces femeninas son una excepción o directamente no aparecen. Lo que ya se discute es la explicación, y ahí el análisis se atasca. Para unos, la ausencia se debe a una socialización que no empuja a las mujeres hacia el debate abstracto; para otros, a un ambiente que las expulsa antes de que lleguen a escribir la primera palabra.
La deriva esencialista
La cosa se precipita cuando se introduce el esencialismo. Hay quien sostiene que ni siquiera las mujeres que rompen moldes de género se acercan a la discusión filosófica, y de ahí salta a una conclusión mayor: la capacidad para el pensamiento profundo sería cosa de hombres. La mujer del siglo XXI imita gustos masculinos —el fútbol, el gimnasio—, pero no debatiría con la misma profundidad. Esa tesis, defendida con un vocabulario seudofilosófico, se desmorona sola en cuanto se examina: confunde el gusto por la discusión con una virtud biológica.
La réplica que descoloca
Y el argumento recibido por quien presume de profundidad no lo entierra nadie que hable en serio, sino justo la corriente más escéptica. No hay debate ni filosofía en estos cenáculos, viene a decirse: dos interlocutores repitiendo lugares comunes hasta el agotamiento no es un ejercicio de pensamiento, es un bucle. Si eso es el producto que se ofrece, la cuestión de género es casi secundaria.
La conclusión incómoda es que la brecha no se cierra porque el ambiente no invita. Con un intercambio que oscila entre el esencialismo y el desprecio mutuo, lo sorprendente no sería que las mujeres no estén: lo sorprendente sería que algún día entren.